El tiempo de lo pequeño

El tiempo de lo pequeño

Fotografía: Josep Alegre

La esperanza es la virtud del sembrador. Incorpora también otros nombres: aguante, paciencia, vigilancia, cercanía, tolerancia, ternura… La esperanza es uno de los grandes motores en nuestra vida que nos impulsa en la conquista de lo que nos apasiona. Confinados en las sombras de un mundo herido, con lo común debilitado, con las distancias agrandadas…, se necesitan personas solícitas para rehabilitar, auxiliar y buscar puntos de contacto: acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, cuidarse, suscitar comprensión… Poner las bases de un mundo diferente nos involucra a todos, tanto personal como comunitariamente, como sembradores esperanzados. Disfrutamos de un espacio de corresponsabilidad en nuestra actividad que nos permite generar, iniciar y construir nuevos procesos de desarrollo y transformación. Todos estamos convocados a valorar el bien común y buscarlo para todos, a recuperar la amabilidad transformadora en pos de consensos, a abrir caminos y tender puentes que conecten la vida y las vidas, a invertir nuestras mejores energías en procesos creativos valientes y transformadores para todos.

1.- El poder de las semillas

Fotografía: Josep Alegre

La semilla es una realidad potencial que crece en el presente. La fecundidad de las semillas es un misterio. Algunas germinan en condiciones adversas y salen adelante en sitios inverosímiles. Otras con todos los cuidados no avanzan. La calidad de la semilla determina el tipo de cosecha, por eso los agricultores guardan las mejores para la siembra, conscientes además, de que la cosecha multiplicará la cantidad, manteniendo su calidad. Para ello mimarán esa especie de útero materno que se da en la tierra, para su buen desarrollo, germinación y maduración de la semilla. Todo tiene su momento. Primero prepararlo, enterrar las semillas y dejar que mueran para que germinen. Hay que sembrar incluso en tierra infértil, sin desanimarse, aportando nutrientes que faciliten el desarrollo adecuado de las semillas. Pero hay que dejar hacer, tener paciencia, renunciar a lo que no aporta nada. El sembrador elige todo aquello que fortalezca la semilla que crece desde dentro. Sembrar es siempre un gesto de esperanza en el porvenir, de continuidad, de futuro…

Tenemos ante nosotros el horizonte de una gran oportunidad de potenciar nuestra esencia fraterna y esparcir semillas de esperanza para un mundo diferente en una única humanidad. Es el momento de ponerse manos a la obra, de mirar hacia adelante con valentía sembrando acuerdo y armonía, superando obstáculos, tendiendo puentes, respetando la vida, la dignidad y la libertad. El primer paso, que marca los siguientes, se dispone en la familia. Pero hay que hacer un pacto educativo global, desde todos y para todos, que involucre a las generaciones más jóvenes y a toda la humanidad. Hay que tomar decisiones valientes y audaces que busquen una cultura integral, participativa y multifacética. Se trata de generar procesos que asuman constantemente la fragmentación y contrastes en que vivimos y que, desde la realidad que compartimos, potencien una humanidad capaz de conversar desde el lenguaje de la fraternidad. Las semillas de este nuevo pacto son muy valiosas: el cuidado, la paz, la justicia, la bondad, la belleza, la acogida, la fraternidad… Una vez plantadas y germinadas sus frutos se multiplicaran.

Fotografía: Josep Alegre

2.- Acompañar el desarrollo

Una buena semilla, abonada y regada de forma perseverante, proyecta hacia una buena cosecha. Pero pide tiempo, necesita acoplarse y asentarse en su crecimiento. Bajo la aparente inactividad se va generando un entramado de raíces, imprescindible para la armonía actual y futura. Este largo proceso generador, aportará estabilidad y equilibrio para que pueda germinar eficientemente sorteando lo que resulta nocivo. El resultado futuro se nutre, también, de la paciencia, de la constancia y del horizonte al que anhelamos. En día a día, el quehacer a largo plazo, el empeño con que lo afrontamos, el espacio necesario que le damos…, será lo que al final sostendrá y afianzará el desarrollo. En la educación pasa algo parecido. A veces nos empeñamos en saltar o quemar etapas sin que las raíces tengan suficiente fuerza para sostener el progreso. O no tenemos paciencia y buscamos resultados de manera inmediata. O tiramos la toalla por nuestra mirada cortoplacista. O pensamos que el crecimiento llega sin esfuerzo o dedicación.

En la educación, que es una semilla que plantamos, hay que estar también pendientes de los entornos que pueden invadir nuestro espacio educativo, y que no siempre ayudan a crecer. Hay que proteger la vida que va desarrollándose en el interior de cada educando, ablandando los espacios que necesite y dejando abierta la puerta de nuestro corazón. La espiga verde se entrega a  la esperanza. La escuela es casa y campo de extraordinaria esperanza, para el que acoge la semilla y también para el que la siembra. La esperanza mira más allá de lo inmediato y tiene la certeza de que esa semilla se multiplicará de manera fértil. El educador y el educando actúan con paciencia y saben esperar, pese a no ver los resultados enseguida. Espera, a pesar de que corten algunos brotes, para que crezcan después con mayor fuerza. Aprovecha su semilla y la hace crecer aunque las condiciones sean desfavorables. Su esperanza no se detiene porque esta creación nunca estará terminada, pero con fe atrae al ahora el futuro que espera.

3.- Horizontes de esperanza

Fotografía: Josep Alegre

El educador sabe que su semilla es el amor y que el plan mágico de desarrollo para que crezca es extenderlo con gestos concretos, y construyendo un mundo como Dios manda: más fraterno, más libre, más solidario, más amable… El camino de la vida necesita este itinerario de esperanza basado en la fuerza de la solidaridad. Un camino de cercanía y de cultura, de encuentro en el que de todos podemos aprender. Reconocer, respetar, integrar…, son marcas del itinerario educativo de cambio, que nos ha de conducir a un mundo abierto en el que nadie quede excluido. Las cosas son buenas en sí mismas, y por ello hemos de actuar con gratitud e impulsar juntos la familia humana con la perspectiva de una cultura sana, abierta y acogedora de mente y de corazón. La educación es una de las formas más efectivas de humanizar el mundo y la historia. En la educación anida la semilla de la esperanza que es el motor del cambio. Una esperanza de belleza, de bondad, de paz, de justicia, de solidaridad, de armonía social que son fortalezas asequibles.

La educación invita a la coparticipación y siempre es un acto de esperanza. Lleva por caminos contrarios al egoísmo ambicioso y fatalista. Invita a salir de la aridez y atrofia de la indiferencia. Suscita y ofrece nuevos horizontes esperanzadores de futuro. Porque la educación es un acto de amor que ilumina el camino con una mirada lúcida, fraterna y responsable. Ser educador es una gran suerte y un reto continuado de acompañamiento. El educador es un facilitador coherente que no pierde la ilusión. Promueve la verdadera alegría incluso ante las dificultades. Busca tocar los corazones de los alumnos para que nunca pierdan la primera misión en la vida: amarnos los unos a los otros. El mundo necesita un nuevo compromiso educativo que involucre a todos los que formamos parte de él. Que tome en consideración las realidades de tristeza y temor hacia el futuro. Que abandone la indiferencia y se comprometa con el bienestar de todas las personas y busque la prosperidad de nuestro planeta. Que tenga una especial atención hacia las nuevas generaciones ante las necesidades y oportunidades estimulantes que van surgiendo.

Fotografía: Josep Alegre

4.- Brotes de resurrección

Ser grano de sal, levadura, semilla, estrella, antorcha…, que anuncia la vida, la paz, el perdón, el amor… desde lo pequeño. Amor provocado y preferente por los últimos, aglutinando sin pausa, las aptitudes, la generosidad y el compromiso. Nutrirse del aroma de lo cotidiano, asentarse en el quehacer diario, disponerse, madurar, ofrecerse libre…, en el aquí y ahora de la historia al pequeño y al necesitado, con una forma de vida con sabor a evangelio. Abrirse a grandes ideales de bien, solidaridad, la fraternidad, la amistad social, el amor más allá de la geografía y el espacio. Promover los valores que llevan al desarrollo humano integral: solidaridad, servicio, corazón abierto, acogedor, proteger, promover, integrar… Brotar de la sombra o de la luz, de la duda o la certeza, de la adversidad o de la posibilidad… Pero siempre aflorar confiados y esperanzados en la fecundidad de lo pequeño y de lo escondido. Es el tiempo de lo pequeño porque la semilla dorada se convierte en realidad libre, madura y dispuesta para ser cosechada.

La esperanza en el escondido poder de las semillas, en su fecundidad, es un excelente motor también para nuestros tiempos. La educación es un instrumento ideal para iniciar procesos cuyos frutos serán cosechados por otros. Al igual que en el proceso de siembra se necesita tierra, semillas, nutrientes y, sobre todo, un sembrador que sepa asumir y observar las leyes de la siembra, que en la educación hay también una leyes. Se trata de trasmitir valores y saberes esenciales para la interacción social y el desarrollo en comunidad. Las aulas son espacios de vida en los que se fomentan las relaciones entre iguales y el trabajo cooperativo. El proceso educativo es interactivo y el conocimiento se construye de manera social. Tiene varias etapas, se realiza de manera formal o informal en instituciones o en el entorno del individuo, y dura toda la vida.  En ambos casos, quizá, los brotes y el secreto de la resurrección comienzan por abrir los ojos hacia lo que nos rodea (olerlo, tocarlo, sentirlo, impulsarlo…), cultivar después con generosidad esa pequeña semilla que ya palpita dentro de nosotros al existir, y ponernos en camino esperanzados en el tiempo de lo pequeño, porque allí fragua lo grande.

Josep ALEGRE
Profesor, filólogo y educador socio-cultural
Barcelona, España
Agosto de 2023

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