Una receta para repetir

Una receta para repetir

Fotografía: Claudia Tzanis

Por Claudia TZANIS. Desde el vientre de nuestra mamá, primera casa humana, la cual nos nutre de todo lo necesario para comenzar esta aventura de existir, hasta nuestra última comida, estamos marcados por olores, sabores, encuentros y recetas, de esas incluso que con los años nos piden que repitamos.

De pequeños vamos definiendo gustos y elegimos qué comer. También lo que consumir para días tristes o para celebraciones especiales. Así, nos pasamos más de la mitad de nuestra vida y nos gastamos buena parte del presupuesto en alimentarnos. Sin darnos cuenta, nos vamos comiendo la vida.

En este recetario existencial, sin duda juega un rol nuestro origen y cultura. Pienso en mi madre y en tantas mujeres que, al saber que están embarazadas o incluso antes, dejan de comer una serie de alimentos no saludables y empiezan a cuidar sus cuerpos para estar sanas para ese otro ser que acogen en sí. También pienso en los miles de personas que al cocinar cada día, lo hacen con amor para nutrir a sus familias; o al invitar a sus casas preparan sus mejores recetas para agasajar a sus invitados.

Cada casa, por muy sencilla que sea, cuenta con un espacio especialmente acondicionado para cocinar, desde allí la casa entera se perfuma según los manjares que se estén preparando y, como resorte, nuestros sentidos se activan. En invierno añoramos un buen caldo que nos abrigue los huesos y el alma, y en verano algo refrescante. Y ya sea que actuemos de comensales o de cocineros, el preparar los alimentos o el comerlos, tiene algo de intangible; no solo nos nutre, primer cometido, sino que nos alimenta el espíritu. La comida nos reúne y nos convoca.

Sin embargo, en esta sociedad actual, los trabajos que tenemos y los ritmos que llevamos, nos predisponen a comprar cualquier cosa, calentarla en el microondas y, en segundos, devorarla en solitario. Todo para tener tiempo, para seguir corriendo, hasta que nuestra «casa» —es decir, nuestro cuerpo— se resiente, se enferma y el presupuesto ahora va para la farmacia. Poco queda para el mercadito de verduras frescas.

Para vivir necesitamos comer, pero más parece un acto reflejo para saciar un hambre que no se sacia. Es como si se hubiera perdido el apetito, ese «hambre» por reunirnos en torno a la mesa, en juntarnos sin pretextos, el sentirnos bien nutridos por otros. Hemos perdido el apetito, el gusto a saborear, el gusto —en extremos— incluso por la vida. Cada día son más los trastornos provocados por una sociedad anoréxica o bulímica, que nos sacia hasta el hartazgo pero que nos deja inapetentes y desnutridos.

Fotografía: Claudia Tzanis

Las mil exigencias sociales de ser de una talla, de verte de una manera, de cumplir ciertos estándares, hacen que nos mal alimentemos. Ya no nos nutre un buen caldo casero, un domingo en la tarde bien conversado y acompañado. Sin embargo, tarde o temprano, nos veremos obligados a cambiar los hábitos.

Las recetas, ahora médicas, nos devuelven la conciencia de lo que consumimos, en cantidad y en calidad. Qué gran oportunidad de volver a las recetas que mejoren nuestra salud tanto física como anímica también. Es una buena ocasión para resignificar la calidad de nuestros hábitos alimenticios, para hacernos cargo de lo bien o mal nutridos que estamos y del alimento que ofrecemos a aquellos que convocamos a nuestra mesa.

Preguntarnos qué estamos comiendo, sano o chatarra, y cómo lo hacemos, corriendo o con tiempo y dedicación, nos ayudará a cuidar nuestra mejor casa, es decir nuestro cuerpo. Es una urgencia vital, para mejorar nuestra calidad de vida, el recuperar sabores y olores. Una invitación a recuperar espacios para el diálogo, para compartir, para agasajar a otros, para celebrar nuestra alegría de vivir y compartir; sobre todo, remirar lo que consumimos y lo que ofrecemos con nuestras preparaciones en todo el amplio sentido de la palabra. Que seamos nosotros mismos una receta para repetir sin enfermarnos o enfermar a otros.

Claudia TZANIS EISSLER

Periodista, Santiago (Chile)

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