Pensar, no solo usar la cabeza

Diseño: Luis Felipe Rivera Lezama

Cuando los niños tienen ya algunos meses, solemos contar que están aprendiendo a caminar. Cuando ha pasado un tiempo más, decimos que aprenden a hablar. Ya con algunos años, que aprenden a leer, a contar, etc. Sin embargo, casi en ningún momento nos planteamos que aprendan a pensar. Parece que por el hecho de ser «naturales», algunas capacidades humanas no sean sujeto de aprendizaje. Así, creemos que «naturalmente» sabemos amar, sabemos educar a los hijos, sabemos usar nuestra libertad, y, por supuesto, sabemos pensar.

Del mismo modo, parece que asumimos que nuestros ojos u oídos pueden no estar en condiciones, por lo que necesitamos de aparatos para corregir sus deficiencias. Sin embargo, obviamos que aquello que pensamos no siempre es acertado; que también tiene deficiencias en su percepción. Incluso ni nos cuestionamos que pueda haber herramientas adecuadas para mejorar nuestro pensamiento.

El realismo existencial, precisamente por el hecho de reconocer los límites inherentes al ser humano, invita a desarrollar al máximo sus capacidades. Así, reconocer que nuestro pensamiento debe ser educado es una consecuencia de asumir que es limitado y que, correctamente formado, puede dar mucho más de sí que si se le deja a su simple desarrollo espontáneo.

Un gran riesgo que una mala comprensión de esto conlleva es que se considere que en dicha educación van los contenidos del pensamiento. Por supuesto que no es así. Ayudar a que alguien piense «bien» significa hacerle mucho más autónomo y responsable de sus opiniones y acciones. Vale la pena pensar y vale la pena hacerlo lo mejor posible porque ello nos hace más libres de influencias indeseables, interesadas, manipuladoras, etc.

Una perspectiva hoy día superada es la que reduce el pensamiento a una actividad exclusiva de la razón intelectiva. Por supuesto que esta es su gran orquestadora. Pero no se nutre solo de ella, sino también de las emociones, los sentimientos, las intuiciones, los deseos, las experiencias… Se habla hoy del intestino como nuestro segundo cerebro y se asume que ese popular «pensar con las tripas» tiene mucho de cierto. Así que el pensamiento se alimenta por igual de palabras, de imágenes y de silencios; de conceptos y de realidades, de hechos y sensaciones. Se expresa por igual verbal y visualmente, hasta vitalmente. Pensar es mucho más que «usar la cabeza». Es más una cuestión de sabiduría vital que de mera inteligencia o acumulación de conocimientos.

Un último gran reduccionismo. Creer que pensar es algo que siempre se hace solo. La imagen del sabio, casi huraño, encerrado en un despacho oscuro con montones de libros alrededor. Es cierto que hay una notable dimensión individual. Pero también pensamos en conjunto, aportando distintos puntos de vista, distintos matices, distintas intuiciones. El pensamiento colaborativo va siendo una opción muy apreciada. Solos, pensamos unas cosas. En conjunto, unas veces pensamos esas mismas pero enriquecidas; en otras, logramos abarcar nuevos horizontes inesperados; y en ocasiones, cambiamos nuestro modo de pensar a la luz de lo que otros nos han mostrado. No es menos propio ese pensamiento si se ha asumido desde un sentido crítico, con la más completa libertad, y sin presión de ningún tipo.

Hacer dejación de nuestra capacidad de pensar es una grave renuncia a nuestro ser humano. Relegar esa actividad a los especialistas es un modo de mantenernos en cierto infantilismo. Estos deben ayudarnos a abrir horizontes, a apoyarnos sobre cimientos sólidos, pero en ningún caso pueden pensar por nosotros –ni individual ni colectivo–. En absoluto es prioritario pensar lo mismo unos que otros; pero lo que sí es necesario es que todos pensemos.

Junio de 2017

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