Escuelas del saborear

Escuelas del saborear

En ocasiones camuflamos en forma de esperanza y disponibilidad lo que, tal vez, más bien sea ambición. Queremos más, siempre más, de…

A sabiendas de que es una brusquedad nada más comenzar, digámoslo sin ambages: somos ambiciosos; y aclaremos que no sólo de bienes materiales, sino también de otro tipo. Y por muy loables que puedan ser los objetivos, la ambición no deja de ser un vicio porque implica desmesura, inadecuación a la realidad. Un vicio que tiene expresiones contemporáneas que no necesariamente pasan por la cuenta corriente ni el inventario de bienes muebles o inmuebles.

Lo más ambicionado

Desde esta clave, podemos afirmar que, básicamente, ambicionamos tiempo. Sí; echamos de menos tener más tiempo para hacer cosas que nos apetecería; cosas que, para más inri, suelen ser buenas. En esa lista aparecen deseos como el de hacer ejercicio, el de cuidar más nuestra alimentación y comer más sano, el de pasar más tiempo con nuestros seres queridos, el de disfrutar más a menudo de actividades de ocio gratificantes, el de atender mejor asuntos o personas que nos parecen importantes, etc.

Fotografía: Juan Miguel González-Feria

Ciertamente, el ritmo de vida generalizado hoy, especialmente en las grandes ciudades, dificulta considerablemente la organización del tiempo de modo que nos alcance para hacer todo lo que deseamos. Pero, aun siendo así, a menudo la cuestión no radica tanto en la cantidad de tiempo del que disponemos, como en lo que pretendemos hacer en él.

Hay mucho de ambición en esos anhelos que con vehemencia expresamos una y otra vez. En primer lugar, porque nos empeñamos en querer hacer más cosas de lo que es preciso. Del mismo modo que solemos acumular más ropa, más libros, más objetos de los que necesitamos —rebasando hasta un margen magnánimo de «por si acaso» o incluso de lícito «capricho»—, acumulamos también exceso de actividad o de pretensiones de ella.

Lo suyo sería que viviéramos con normalidad todo lo sensato y lógico del convivir, sin estar continuamente dando la impresión de que no tenemos tiempo suficiente para hacer todo lo que conviene. Esta sensación angustiosa rompe la paz, tanto la propia como la del entorno. Y a menudo echa a perder la calidad de lo que vivimos por no tratarlo adecuadamente.

Y, en segundo lugar, hay ambición porque cuando disfrutamos de algo bueno, nunca nos parece suficiente. Si tenemos un encuentro gozoso, en seguida nos lamentamos de que no nos veamos más a menudo; si nos cuentan algo, esperamos que nos cuenten todo; si vivimos una experiencia de plenitud, extrañamos que eso no sea lo permanente… ¡Como si pudiera vivirse en un continuo clímax! Qué pena amargarse buenos momentos de la vida porque no asumimos que son tan limitados como nosotros mismos, que «todo» y «siempre» no son términos que acaben de casar bien con la contingencia humana…

No confundir ambición y esperanza

La fuente de donde mana esa paz deseada no es otra que la humildad; humildad que es adecuación con el ser limitado que somos. Esa es la virtud filosófica que brota de la asunción sosegada de lo que somos, de quienes somos.

Bajo la apariencia de esperanza, a menudo se oculta la ambición. Porque la esperanza, por realista, es humilde; mientras que la ambición denota inconformidad con las propias posibilidades que llevan a un «no parar» persiguiendo nuevas metas. La esperanza tiene objetivos claros y concretos, mientras que la ambición no tiene límites, solo quiere más y más y más…

La diferencia entre una y otra está en que las primeras son saludables mientras que las segundas son, a veces, la expresión de una enfermedad profunda. La esperanza hace disfrutar mientras que la ambición amarga el día a día.

Apuntes terapéuticos

Conviene crear «escuelas» del saborear, entornos donde se generen actividades en que no se engulla lo vivido, sino que se saboree. Al igual que proliferan los cursos para aprender a catar vinos, tendremos que aprender a paladear con fruición las experiencias vitales cotidianas.

Asimismo, estaría bien que intentáramos algo así como «deletrear» las vivencias. Que nos detuviéramos en desglosarlas de forma que nos diéramos cuenta de la riqueza y complejidad que hay en cada una. La ambición hace tratar las cosas como un pack, y así se pierde la percepción de la complejidad de la realidad.

Por último, habrá que educarnos en la normalidad de la diversidad, es decir, tomando conciencia de que lo «normal» es que haya muchas cosas y distintas, y que sea imposible que todas se den al tiempo. Ni somos todo, ni tenemos todo, ni es posible que lo seamos o tengamos, pero lo que somos y tenemos al alcance es mucho más de lo que somos capaces de digerir.

Natàlia PLÁ VIDAL
Asesora y acompañante filosófica
Barcelona (España)
Publicado en RE núm. 68

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