Sinfonías de sentidos

Sinfonías de sentidos

Sinfonías de sentidos

Fotografía: Esther Borrego

En los animales, todos los sentidos sirven para la preservación de la propia vida; les permiten estar alerta y prontos a la defensa. Pero es en el hombre —libre e inteligente— donde los sentidos alcanzan aquella dimensión de gozo, estética y contemplativa, que los lanza a trascender más allá. Los animales gozan de lo que la naturaleza les da, pero el hombre crea. El hombre, con su inteligencia y libertad «crea conciertos» para sus sentidos. Es capaz de crear nuevas cosas, hacer arte en la pintura, la arquitectura del paisaje, la música, la lengua, la gastronomía, la perfumería, y hasta con el tacto. Y también sabe hacer conjuntos de ellos: teatro, ópera, danza, cine, etc.

Las sensaciones que nos transmiten los ojos nos hacen embelesarnos con la belleza de los paisajes, de las estrellas, de la naturaleza, de las artes, de las formas y de los colores. Los oídos nos hacen llegar las sensaciones maravillosas acústicas de la naturaleza y somos capaces de crear la música. Utilizamos estos sentidos para relacionarnos unos con otros, desde lejos ya por la vista y cada vez más cerca por la voz. Nos conocemos, nos «amistamos», nos influimos, gozamos de la mutua presencia por ellos.

¿Acaso no se puede decir lo mismo de los demás sentidos? ¿No nos extasiamos también, por ejemplo, con los olores de la naturaleza, no creamos perfumes?

Hemos desarrollado poco todavía el saber «gustar» los mil sabores que la naturaleza ofrece, hemos creado pocos «bombones» de sabores distintos para «conciertos del paladar». Quizá por temor a que esas substancias en contacto directo con nuestras mucosas puedan ser absorbidas y nos envenenen. En cambio, tenemos menos miedo de que las sensaciones visuales o acústicas puedan perjudicarnos lo cual es un error, pues también pueden cegarnos, ensordecernos, causarnos «estrés», etc. Los olores, las sensaciones gustativas y las táctiles se dan con una mayor cercanía de materia a materia, y tal vez eso influya también en nuestro temor; ¡como si las vibraciones visuales o acústicas no fueran también materia!

Prejuicios, tabúes y maniqueísmos han hecho considerar como de baja estofa estos otros sentidos. Sin embargo, es igualmente digno desarrollar conciertos de olores, de sensaciones gustativas y táctiles, como se han desarrollado conciertos de música o se han realizado pinturas y esculturas. Aunque nadie ha enseñado a «tocar» estas últimas, afortunadamente van surgiendo algunos escultores que deliberadamente crean para que sus obras sean tocadas, y no solo contempladas.

Urge, pues, desarrollar «sinfonías» de estos sentidos.

Los seres humanos están desequilibrados, pues valoran y desarrollan mucho unos y menosprecian y atrofian otros. Tendríamos que hablar con los ciegos para darnos cuenta de los mundos que ellos son capaces de descubrir para los otros sentidos, etc. Y además de esto, tendríamos que comprender que el olor, el gusto y el tacto son las maneras más cercanas, más íntimas y más expresivas, en un sentido universal o intuitivo de relación personal.

Si tuviéramos equilibrados todos los sentidos habría mejores, más tiernas relaciones personales, menos riñas, disputas, agresiones, tendríamos un cauce más fácil y abierto a la amistad y el amor. Un equilibrio de los sentidos entiende que la belleza visual está tanto en los paramentos como en los alimentos, en la acústica (música, canto, palabras) como los restantes sentidos. Esto es lo que significa el banquete como síntesis equilibrada de todos los sentidos, un gozoso conjunto de ellos.

El banquete tiene por finalidad primera el gozo de encontrarse, de amarse, provocar el éxtasis de los sentidos, etc. Cierto que también sirve para conservar la vida (alimentos) quizá también para reproducirla (acto genésico). Pero reducir el banquete a esas dos cosas, sería distorsionarlo y empequeñecerlo. Sería volver a los hombres a un rango de animalidad muy baja. Que además sirva para alimentarse y reproducirse es un bien, pero no el único ni tan siquiera el primero. El día que se comprenda al banquete como equilibrado foco de todos los sentidos se comerá y beberá menos y se gozará más con la vista, el oído, el olfato y el tacto. Habrá menos empachos y borracheras y más gozo global del equilibrio. Al no considerarse buenos ciertos sentidos, los banquetes desembocan en en plétoras abochornantes de comida y bebida.

Hay muchas cosas pequeñas, que nos podrían parecer accidentales o de poca monta y, en cambio, son sustanciales e importantes. Por ejemplo, tener la casa limpia es una caricia al que mora en ella. Una comida agradable es una caricia al paladar del que amamos. Un adorno, lo es a la vista, etc. etc. Poner unas flores, una música, un perfume, una palabra dulce, un elogio sincero (sin buscar con él algún doble interés), tantas y tantas pequeñas cosas que ni son triviales, ni accidentales, sino que tienen valor en sí, y que son el lenguaje adecuado para expresar la estimación, el aprecio y amor mutuo. Son esas cosas las que hacen que la vida sea un auténtico pedacito de cielo.

Alfredo Rubio de Castarlenas
Texto inédito publicado en RE 66.

IMPRIMIR

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *