Caducidad histórica

Caducidad histórica

Fotografía: Javier Bustamante

¿Podemos atrevernos a comparar un acontecimiento histórico con un ser vivo? Sí, ya que posee causas que lo originan, nacimiento, desarrollo, el contexto donde se desarrolla… una muerte y, por consiguiente, su recuerdo o relato histórico.

Propongo hacer este ejercicio siguiendo la serie de artículos que venimos presentando en esta sección, basándonos en el libro 22 historias clínicas –progresivas– de realismo existencial (Alfredo Rubio de Castarlenas. Edimurtra: Barcelona, 1985). En esta ocasión corresponde a la historia número cinco, la cual tiene por personaje central a Máximo, un hombre de 40 años, casado y padre de familia, en el momento de mayor plenitud de su vida. 

En Máximo resplandece una cara de la moneda, la de la vida. La otra, la de la muerte, para él queda oculta. Acepta todo como viene y se alegra de ser quien es y como es. Lo que aún no puede aceptar es el límite máximo: la muerte propia.

Partiendo de aquí quisiera yo dirigir este planteamiento de la muerte hacia el enfoque de la Historia. Sin duda, hasta que no vivimos la muerte de alguna persona querida o, de cerca, la propia debido a un accidente o enfermedad, no podemos realmente sopesar este límite máximo. Cuando cobramos consciencia plena de que somos seres murientes y que también la realidad lo es, podemos abrazar la vida de otra manera. Nos damos cuenta de su dimensión real, tanto espacial como temporal. Y este aprendizaje nos arraiga en el aquí y el ahora.

Comprender la Historia como si los acontecimientos que la conforman fueran seres vivos que se relacionan entre sí, cual organismos autónomos interdependientes, puede parecer una ficción. Pero hagamos el ejercicio literario para paladear la idea de la muerte de los acontecimientos históricos.

Un hecho cualquiera no brota de la nada, tiene unos antecedentes que lo originan. Estos pueden ser muy evidentes y claros desencadenantes del hecho a estudiar o, bien, remontarse a un pasado lejano donde se fueron incubando y a un lugar remoto y sin aparente conexión. El caso es que ningún acontecimiento histórico brota de la nada. 

Una vez comienza a efervescer, a irrumpir en la realidad, hay un primer momento de extrañeza, de novedad, de incomodidad… hasta que forma parte de la vida cotidiana e ilumina o llena ese presente. A veces puede ser como un sol de mediodía que abarque generaciones de personas, siglos quizás. O, por el contrario, un hecho fugaz que apenas queda registrado en la memoria de unas cuantas. Hasta que llega un momento en que otros factores de la realidad comienzan a cobrar más peso y desplazan a este ocasionando su “muerte”, su ineficacia para explicar el presente o para cumplir con la función social que venía desempeñando. 

Pongamos por ejemplo algo que para las generaciones recientes va desapareciendo de su mapa vital: el libro. Sobre todo el libro impreso. Podemos imaginar sus antecedentes en los orígenes de la escritura, cuando se usaban distintos soportes como la piedra, la piel, el papiro, el pergamino. Y sobre ellos se plasmaban los hechos importantes que eran dignos de quedar en la memoria de un colectivo: mitos, leyendas, leyes, la historia del pueblo… Hasta que se llegó a la invención de la imprenta en 1440 por Johannes  Gutenberg. Este invento constituyó una gran revolución para la Edad Moderna. 

El libro impreso dio la posibilidad de la divulgación “masiva” del conocimiento escrito. Los copistas quedaban desplazados y con ello surgía también una nueva industria que demandaba la producción de papel, tinta, máquinas y oficios también nuevos. Así nació el libro impreso y con este hecho las opiniones se dividían entre quienes lo adoptaron enseguida como un gran avance y quienes lo consideraban como algo negativo.

Hasta que llegó su normalización en las sociedades de casi todo el mundo. Han pasado casi seiscientos años y para quienes han nacido en el siglo XXI un libro impreso comienza a ser un objeto raro en casa que ocupa espacio innecesario y que es sustituible por su equivalente digital. 

¿Estaremos asistiendo a la muerte progresiva del libro tal como lo hemos conocido? ¿Llegará el momento en que los libros que queden sobre el planeta sean objetos de museo, archivos o bienes caros en manos de coleccionistas? Entonces sí, ¿el libro será Historia? Un objeto que ha ayudado a la humanidad a transmitir ideas, facilitar cambios sociales, despertar la imaginación… comienza a ver sus límites para muchas personas y a desaparecer de su vida cotidiana para quedar sólo en la memoria. 

Las personas que hemos crecido con libros en las manos, para las cuales leer sobre una pantalla aún es algo por incorporar a nuestras vidas, vemos cómo estos amigos impresos van quedándose relegados, como si tuviesen un “chip de la obsolescencia”. Nos toca aceptar el cambio de paradigma, como si fuera ese límite máximo que llega al final de la vida. 

Seguramente los libros impresos no desaparecerán del todo, sólo cambiará su manera de estar en la sociedad. La función que hacían de propagar ideas, de ser objetos de arte, de enseñar, ahora la tienen otros soportes materiales e inmateriales.


Javier BUSTAMANTE ENRIQUEZ

Psicólogo social
Ciudad de México
Noviembre de 2019

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