Amar de igual a igual

Amar de igual a igual

El 25 de noviembre se celebró el Día Internacional contra la Violencia de Género. Miles de mujeres en muchos países se manifestaron para reclamar un trato de iguales con sus parejas, que ponga fin a las sobrecogedoras cifras de feminicidios por quienes en algún momento fueron sus compañeros de camino y de afectos.

Las alertas contra el maltrato llamado “de género” están hasta en los centros de salud, invitando a las mujeres a denunciar a sus maridos o parejas si empiezan a notar signos de agresividad.

Es imprescindible una pedagogía del amor

Pero es obvio que, para llegar al extremo del acoso violento y al asesinato, ha tenido que haber un proceso previo. No surge de la noche a la mañana. Entonces… ¿qué hace que entre las personas se establezca una relación progresivamente enfermiza, marcada por el dominio/sumisión? ¿Por qué es tan frecuente que las mujeres admitan ser maltratadas? ¿Qué les hace caminar por esa pendiente terrible que lleva a la mutua destrucción? Y sobre todo: ¿qué debería hacer la sociedad para evitar esta terrible realidad? ¿Basta la judicialización de las relaciones intrafamiliares?

Son muchas las voces que reclaman una educación adecuada de la amistad y las relaciones humanas desde el inicio de la infancia. Está claro que es imprescindible para cada generación -pues eso no se transmite por los genes- un aprendizaje sobre cómo respetar y darse a respetar, cómo establecer relaciones sanas y entre iguales. Hay que decir alto y claro que esas relaciones viciadas no son de amor, sino de esclavitud. Y que para sanearlas hay que establecerlas en la libertad y la dignidad de ambos como iguales.

La libertad como paso imprescindible

Lo contrario de la esclavitud no es la libertad, sino el amor. Hay un camino que recorrer. Porque en las relaciones de dominio/sumisión o de esclavitud existe una forma de ganancia para ambas partes. El dominado o esclavo se siente vigilado, pero por ello mismo protegido, cuidado, quizá sostenido y alimentado; le gratifica sentir que es el centro en el pensamiento del otro, aunque éste sea tan obsesivo como el de un carcelero. El esclavo siente que tiene, a pesar de todo, un cierto poder sobre el dominador, porque lo maneja con estrategias seductoras y emocionales, aunque le salgan muy caras. El esclavo satisface muchas necesidades de su dominador, pero depende de él para sobrevivir. El dominador, a su vez, aunque en el fondo depende del esclavo para sentirse alguien, se imagina poderoso, fuerte, imprescindible y eso le gratifica enormemente. Dos personas con autoestimas bajas que llenan sus vacíos con una relación insana.

Para el esclavo la libertad quizá anhelada se presenta como una pendiente cuesta arriba porque le dejará a la intemperie; ya no podrá depender y tendrá que valerse por sus medios; dejará de ser vigilado y por ello se sentirá muy solo. El miedo paraliza el paso hacia la libertad. Para el dominador, quedarse solo supone enfrentarse a su propia pequeñez, a su solapada dependencia, a su indefensión disfrazada de poderío. Por eso es necesaria la ayuda de otras personas del entorno. Quien ha sido de algún modo esclavo o dominador, aún deseando ser libre, requiere de un acompañamiento y un ejercicio de la progresiva capacidad de decidir por sí mismo, un creciente despliegue de su libertad responsable.

Y entonces, desde esa libertad y autonomía, podrá darse y recibir a otra persona por amor: siempre respetando la libertad del otro, pero en la mutua acogida y escucha, en la mutua protección si hace falta, en el cuidado recíproco cuando el otro está más débil, en el desarrollo de las propias capacidades.

Con las palabras claves, que serán amor, libertad, autonomía, reciprocidad. Todo un programa educativo.

Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga y doctora en comunicación
Madrid, diciembre 2019

IMPRIMIR

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *