Natural y sobrenatural

Natural y sobrenatural

Tengo amigos no creyentes que a menudo chocan con los creyentes porque les cuesta entender su lenguaje y, sobre todo, algunas actitudes ante la realidad. Muchos de ellos han superado el racionalismo y buscan un punto de encuentro para iniciar un diálogo, una especie de plaza soleada donde abordar sin prisas, ni imposiciones, el tema de Dios. La mayoría vienen de unas interpretaciones religiosas que separaban lo profano de lo sagrado, y todos ellos se declaran hijos de una sociedad laica. Me da la impresión de que si queremos iniciar un diálogo comprensible entre todos, hay que deshacer los enredos que se generaron en torno a los conceptos de sagrado y profano.

Por parte de los creyentes no hay duda de que si queremos hacer teología, necesitamos gestionar bien el tema de la razón, y si queremos reflexionar sobre el depósito de la Revelación, necesitamos una buena preparación humana. Si hacemos teología obviando el saber humano, generamos disparates teológicos.

Fruto del racionalismo y de la modernidad, el mundo desembocó en la voluntad de separar los niveles de lo profano y lo sagrado. Mucha gente reclama el derecho a ser profana, es decir, a entender el mundo como algo autónomo, en el sentido que se sostiene a sí mismo, que tiene sus propias leyes, sus finalidades, sus recursos, su luz, en definitiva, que se explica por él mismo.

Y este amplio mundo de la profanidad se termina oponiendo a la sacralidad y quiere vivir al margen de ella. No les interesa ni quieren saber nada del mundo sacro, y nos exigen a los creyentes que vivamos nuestras creencias sin implicar al resto de la sociedad. En el pasado se vivieron conflictos, incluso bélicos, por querer defender estos espacios, pero hoy se miran con cierta indiferencia.

Y estos dos mundos se separan con la palabra «laico», que es ambigua y crea confusiones. Porque, «laico», en labios profanos, tiene un sentido, y en el ámbito religioso, tiene otro. La palabra «laico», un profano se la irroga a sí mismo como opuesta a lo sagrado. Es decir, la laicidad de este mundo vive de espaldas al espacio sagrado, quiere vivir ignorando la dimensión que llamamos trascendente.

Esta división entre lo profano y lo sagrado y este uso de la palabra «laicidad» para señalarla, se me hace difícil de aceptar. Creo que todos nos encontraríamos más cómodos si habláramos de natural y sobrenatural.

¿Qué es lo natural? Natural es el universo entero, todo lo que existe, el ser humano y todas las criaturas, la creación tal cual es. Y esta creación, obra de Dios, es buena y está bien hecha; no está cerrada en ella misma; está empapada de lo que llamamos “Misterio”. Nuestra razón topa con el misterio de las cosas, de los demás y, de uno mismo.

Este misterio lo expresa muy bien Albert Einstein cuando dice: “Lo más bello que podemos experimentar es la cara misteriosa de la vida. Es la cuna, el sentido fundamental del verdadero arte y de la verdadera ciencia. Quien no lo conoce, quien no es capaz de maravillarse ni de sorprenderse, es persona muerta. Sus ojos se han apagado. Esta experiencia íntima del misterio –aunque se vea mezclada con el temor- es también la que ha generado la religión. La verdadera religiosidad es la captación de lo impenetrable, es conocer las manifestaciones de la razón más profunda y de la belleza más exultante asequibles a nuestro intelecto sólo en las formas más elementales. Y es en este sentido, y sólo en este sentido, que pertenezco a los hombres profundamente religiosos.”

El hombre, con la sola razón no puede llegar a conocer lo sobrenatural, esa luz que ilumina todo lo natural con una dimensión nueva; no lo puede alcanzar, porque si lo pudiera hacer ya no sería sobrenatural, se queda en el umbral de este misterio. Y allí espera un don gratuito. Podemos vivir en el ámbito natural sin excluir el misterio, tranquilos, alegres con todo lo que existe, abiertos a todo lo que pueda acontecer.

Los creyentes acostumbran a tener una confusión entre lo natural y lo sobrenatural, porque se mueven en las dos dimensiones sin distinguir la una de la otra. Y esta confusión a los no creyentes les asusta y provoca que no se encuentren cómodos cuando les proponen un diálogo. Sienten que los creyentes llenan la conversación de elementos sobrenaturales, ajenos al nivel natural, con lo cual muchos agnósticos rehúsan continuar y se refugian en el ámbito de la profanidad.

Además, muchos creyentes están infectados de maniqueísmo, que les hace sospechar de lo natural pues ponen en duda que sea realmente bueno. Al dudar de lo natural, dan a entender, que no aceptan plenamente la creación de Dios, como si estuviera defectuosa y no siendo algo bueno, necesitan «llenarla de Dios», pensando que lo sobrenatural lo invade todo hasta ahogar la misma creación. Esta sospecha o falta de confianza, fruto del maniqueísmo, impide establecer una plaza abierta donde lo natural y lo sobrenatural puedan convivir uno con el otro, sin mezcla ni confusión. Olvidan que lo sobrenatural no viene a ahogar ni cercenar lo natural, ni a menospreciarlo, sino que viene a iluminarlo y elevarlo. Como la luz que atraviesa el agua; no la sustituye, sino que la ilumina y favorece la vida.

Lo sobrenatural ilumina lo natural
Lo sobrenatural ilumina lo natural sin forzar

Puede que algunos no creyentes permanezcan cerrados al misterio, y esto sea incluso a causa de una actitud de soberbia. Pero los creyentes nos tenemos que revisar y plantearnos si no hemos contribuido a que muchos queden al margen, hasta el punto que se nieguen a abrirse al misterio. Debemos abrir un área luminosa de naturalidad, como un espacio connatural donde todos los seres humanos podamos vivir y convivir. Ofreciendo, con nuestro diario vivir, un testimonio sereno acerca de lo sobrenatural en aquello que le es propio, sin invadir ni forzar. Sin menospreciar lo natural. Esta será la mejor manera de dialogar, de vivir y de conseguir que las personas sean receptivas a cualquier dimensión sobrenatural que pudiera advenirle.

Jordi CUSSÓ PORREDÓN
Sacerdote y economista
Santo Domingo, Rep. Dominicana
Septiembre 2020

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