Desplegar y replegar

Desplegar y replegar

Podemos entender la vida como un acordeón. Siempre tiene que sonar la música, pero para ello, tenemos que desplegar y replegar el instrumento, para que emita el sonido, que, con las teclas adecuadas, emite la música que deseamos. La vida de las personas desde su nacimiento hasta la muerte, es un continuo movimiento de despliegue y repliegue. De desplegar y replegar nuestras aptitudes, capacidades, conocimientos, habilidades, afectos, etc.  Porque en este movimiento de abrir y cerrar van sonando las distintas notas de la vida, esa música armoniosa y alegre que nos va acercando al misterio de ser, de existir.

Vivir es desplegar todas las capacidades que uno tiene, que le han sido dadas; es desarrollar todas nuestras potencialidades en todos sus aspectos y en todas las direcciones posibles. La vida es un don, que debe ser vivido, no puede guardarse, mantenerse oculta por miedo a perderla o malgastarla. No; hay que desenvolverla en plenitud, mostrarla, compartirla. Cuanto más se despliega, más se vive, y más sentido tiene todo lo que somos y hacemos.

Pero la vida también tiene momentos de repliegue, especialmente en el trayecto final de la misma. El anciano es un ser realizado, desplegado. Las oportunidades se han desarrollado en el trabajo, en el amor, la formación, la convivencia, la lucha por unos ideales, en la relación con Dios. El buen vivir demanda haberlas desplegado al menos hasta un cierto grado. Puede que, la final de la vida, no las haya desplegado todas, pero al menos, en mayor o menor proporción, tiene que haberlas gozado.

El repliegue también es bello
Replegarse no es una derrota: es acoger el otro lado de la vida

Nuestra sociedad nos prepara para desplegar lo que somos y tenemos, pero no nos educa para replegarnos. Hace falta aprender a replegar la vida, darse cuenta de lo que la naturaleza nos dice (a veces nos grita), cuando asoma el cansancio. Cuán importante es entender que replegarse no es una derrota, sino saber acoger el otro lado de la vida, saber gozar de los colores y ambientes propios de una etapa otoñal. La vida es un regalo cargado de sorpresas y esa incertidumbre es la que nos abre a vivir de manera atenta y abierta a todo lo que pueda acontecer. La vida no es solo hacer o tener, también es replegarse en el ser. Este movimiento de repliegue se va dando en muchos momentos de la vida y nos va preparando para el pliegue final.

Acoger el pliegue final es vivir la muerte, no como un fracaso, sino como la consecuencia natural de haberse desplegado y poder replegarse. Debemos asumir que vamos a morir y dejar que los otros mueran. Retener a la gente en vano, es impedir ese bello momento de repliegue final y provocar un sufrimiento innecesario, puesto que la muerte también tiene su música y su belleza. El réquiem requiere de capacidad de escucha y silencio, porque la presencia de Dios, se manifiesta de una manera especial en esa composición musical.

Cuando se acerca el final de la vida, no tenemos que intentar ser mejores, ni desplegar más habilidades, sino aceptar honda y sencillamente nuestra condición humana, profundamente dependiente y vulnerable, para abandonarnos confiadamente en ella. Es el momento del desprendimiento, de la renuncia, del abandono, del replegarse con alegría en manos del misterio de la vida, de Dios.

Jordi CUSSÓ PORREDÓN
Sacerdote y economista
Barcelona, Noviembre de 2020

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