La música, alimento de vida

La música, alimento de vida

Foto: Pixabay

La Música… hablar de la Música… ¿Qué se puede decir de Ella que no os diga y transmita mejor Ella misma y expresado mucho mejor de lo que se pueda decir con palabras?

Seguramente, en la evolución humana, la música fue anterior al habla. Ciertamente, el hombre escuchó el canto de los pájaros, y aprendió a tatarear y hacer ritmos antes de aprender a hablar. En nuestro contexto actual, nos viene por tantos lados que a menudo solo la valoramos por su vertiente de entretenimiento, una mera distracción. Pero también es un arte, y puede ser, y es, mucho más todavía.

Se ha dicho que es, por excelencia, el medio de comunicación universal, lo que traspasa fronteras, culturas, idiomas… porque sale del corazón y va directo al corazón, sin pasar por la cabeza y sin interferencias mentales. Surge del sentir y hace sentir a quien la recibe. Con ella expresamos lo que no podemos decir con palabras, cuando se quedan cortas para expresar lo que sentimos: las emociones, la alegría y la pena, la fiesta y el amor, la grandeza y la pequeñez, etc. Pero para mí hay una música especial que va aún más allá. Es toda aquella que nos lleva a la serenidad y la paz interior, que nos recentra, que nos ensancha por dentro… nos unifica. 

Pero, ¿de dónde y cómo surge la música? La música, es una energía sonora en forma de sonido, de una determinada longitud de onda, que tiene la capacidad de viajar a través del espacio, y que penetra y se absorbe en los cuerpos físicos según su dureza. Como sabemos, la energía no se crea ni se destruye, se transforma. Por lo tanto, la música tiene el poder de transformar y de transformarnos. Son vibraciones energéticas sonoras que nos llegan y penetran por todo el cuerpo, no solo por los oídos. La música es vibración de partículas, como también lo somos todos nosotros, en cada uno de nuestros átomos.

¿Y cómo escucharla? A mí me gusta como la sonora armonía entre dos silencios que también forman parte del proceso sonoro. El silencio previo, la anticipa y nos prepara, nos vacía. Es el paso necesario para luego podernos llenar. Cuando se inicia se hace presencia. Llena toda la estancia, y penetra dentro de nosotros, hasta la médula. Nos modifica. El silencio posterior nos hace saborear aún más, lo que hemos oído, disfrutando de las vibraciones que resuenan fuera y dentro de nosotros, y poco a poco se funde y nos devuelve hacia el silencio. Pero no volvemos al estado inicial. La música ya nos ha cambiado. Tiene este poder. La alternancia, silencio-música, ausencia-presencia, nos hace valorar y disfrutar de los dos componentes que mutuamente se necesitan.

Creo que todavía queda mucho por descubrir y por descodificar, científicamente, la forma en que se produce esta transformación dentro de nosotros. Nos conmueve, nos mueve por dentro literalmente, y sabemos que nos hace bien o no, sin saber los porqués.

La música se fundamenta en tres componentes físicos: la melodía, la armonía y el ritmo. La buena música es la que contiene la adecuada variación y combinación de frecuencias y de timbres, vocales o instrumentales, ejerciendo un masaje físico, literal, a nuestro cuerpo. Hay armonías que producen determinadas combinaciones de ondas especialmente agradables al oído y al cuerpo.

Este masaje es mejor aún, cuando somos nosotros quienes producimos el sonido, cantando o tocando, porque la fuente sonora surge dentro o cerca de nosotros, y es óptimo cuando lo hacemos con un ritmo o compás en sincronía con el latido de nuestro corazón.

Si, además, el canto incorpora texto, el masaje se complementa, y va directo también, a la mente y al corazón. Así nos lo han enseñado las diferentes culturas espirituales que, especialmente por medio del canto repetitivo o mantra, en el proceso de repetición del canto, generan como una espiral energética transformadora que va calando progresivamente dentro de nosotros. Es un masaje que nos restaura, reequilibra, por eso decimos que la música es terapéutica, sanadora, o que sentimos que nos eleva y transporta a «otro mundo». Entonces generamos endorfinas y nos desencadena un efecto calmante, analgésico, reparador, por todo el cuerpo.

Por último, la fuerza máxima de esta energía se consigue compartiendo en grupo, en coral, orquestal, o en grupo comunitario. Es una experiencia maravillosa que todo el mundo merece poder experimentar en la vida. Así pues, la Música, siendo un arte, según como se escuche y se ejecute, su fin va mucho más allá de la belleza y del arte que desprende.

Esta es, para mí, la Música en mayúsculas, la buena música. Todas aquellas obras musicales que sentimos que nos hacen bien al cuerpo, la mente y al alma. Cada uno con su elección, porque también depende de la «mochila» de cada uno, aunque a menudo coincidimos con la mayoría, y algunas las podemos llegar a considerar universales.

En este contexto y afinando más la sensibilidad, llegamos a experimentar que este tipo de música tiene el poder de equilibrarnos y armonizarnos tanto que nos pone en sintonía y en paz con el Mundo, con nuestro Ser, interno y externo. Es Música que nos eleva, nos supera y acerca a lo que percibimos como Dios, los creyentes, y la llamamos oración, que a la vez nos conecta con lo más profundo de nuestro ser interior, con nuestro corazón, liberándonos de nuestra pequeñez. Es el Harmonia Mundi. Un estado de comunión con el TODO, donde todo se convierte Uno. Es mágico, un misterio. Podemos llamarlo también un momento de éxtasis, de felicidad pura… o como dice la expresión popular en catalán: «Els àngels hi canten».

Jordi SERRA COMA
Ingeniero agrícola y forestal
Girona (España)
Fuente: Ámbito María Corral
Enero de 2021

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