Crecimiento espiritual en la era digital

Crecimiento espiritual en la era digital

La espiritualidad, o el cultivo de la interioridad, quién lo diría, está de moda en la sociedad digital… Mucha gente tiene sed de calma, de paz interior, de sentido, más allá de las conexiones y el aturdimiento de las redes sociales y las series de televisión.

Hay muchos maestros y maestras espirituales, y seguramente hay mil posibles maneras de profundizar en la propia interioridad y de abrirse a ese «Algo» o «Alguien» que da soporte a nuestra existencia y que no siempre sabemos cómo contactar.

Las tradiciones cristianas en sus distintas sensibilidades, tienen un gran bagaje que aportar al cultivo de la espiritualidad, entendida no como una «fuga del mundo», sino al revés, como un fundamento para estar en el mundo de manera consciente y contribuyendo en todo lo posible a mejorar la vida y la convivencia de nuestros contemporáneos. Tengamos en cuenta que en Jesús de Nazaret, origen del cristianismo, la realidad de Dios es comunitaria: el Padre (origen amoroso de todo lo que existe), el Hijo (manifestación y palabra a escala humana, de ese amor divino), y el Espíritu Santo (vínculo de amor entre ambos y regalo que se da a las personas para que compartan la vida de Dios).

Hay sed de espiritualidad en la era de la información

Pues bien. Los tres pasos que aquí describo brevemente, los oí a Alfredo Rubio de Castarlenas, sacerdote, como vías para concretar la fe cristiana en una vida más coherente y auténtica. Un enlace entre la fe y la vida, que además constituyen un camino de crecimiento espiritual. Si uno sigue el modo como Jesús actuó en el mundo, empieza su camino «desde abajo», es decir, dar el primer paso en nuestro trato a las personas a nuestro alrededor, incluidos nosotros mismos, y desde ahí ir descubriendo ese Misterio que poco a poco se nos va revelando en un diálogo interno que llamamos oración, siempre conectado e iluminado con la vida cotidiana.

  1. Tratar a toda persona con respeto y caridad. Si vemos cómo Jesús actuó en su tiempo, aprendemos que cada persona es digna de un trato respetuoso y generoso, sea cual sea su condición, edad, raza, ideología… Empezar por tratar con respeto a los demás, nos modifica el modo de aproximarnos a ellos, entender sus circunstancias, dejar de emitir juicios negativos sobre las personas. Decidámonos a ofrecer a todo ser humano el trato que le daría Jesús, que nos invita a amar como Él amó. Sin ingenuidades, no idealizando a las personas, sino en su realidad más auténtica. Eso nos irá llevando a crecer en el «amor de caridad», una forma de vínculo con los demás que va más allá del afecto sólo humano, que suele darse sólo a quienes nos caen bien o sintonizan con nosotros. Éste es un paso más. Es un regalo, fruto del Espíritu Santo y produce paz y alegría. Aquí podemos recordar ese «himno a la caridad» de San Pablo, que nos describe una forma de amor cada vez más benevolente. («Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.» 1Cor,13). Esta práctica nos abre entonces a un diálogo interior más profundo con ese Misterio que nos impulsa a acercarnos a los demás con respeto. Ese Alguien es el Espíritu Santo. Contactemos con él que es la fuente de ese amor nuevo.
  2. Mantener siempre la esperanza en los demás. Nunca demos a nadie por perdido. No descalifiquemos a nadie de modo definitivo, como si las situaciones o actitudes negativas que pueda estar viviendo una persona fueran un destino absolutamente inamovible. No; todo ser humano tiene algo bueno y lo mantiene en el fondo de su ser, incluso en los momentos más oscuros. Tiene siempre un margen y capacidad de superarse, algún grado de libertad interior para  mejorar, afrontar desafíos, crecer… Aún en los casos más difíciles y duros, hay que confiar en aquello bueno que hay en las personas, y -más aún- en la acción de Dios en ellas. Jesús murió y resucitó por todos; por lo tanto, debemos esperar siempre. Sin olvidar que nosotros mismos también somos uno de los demás. ¡No nos demos por perdidos nunca! Y de nuevo: si cultivamos esta actitud, nuestra interioridad empieza a «limpiarse» de desencanto, desesperanza, tristeza, pesimismo. Sin caer en vanas ilusiones, la esperanza es realista y muy, muy paciente. Un paso más en nuestro camino espiritual interior, conectado con la realidad del día a día.
  3. Mantener la fe en el Padre (Madre) que no nos abandona. Finalmente vamos a una relación directa con ese Misterio que Jesús revela: eso que llamamos «Absoluto», se parece a un papá o mamá que está cerca y atiende a sus hijos e hijas que se abren a su amor. Porque, eso sí, ¡nos deja libres de abrirnos o no! En la vida práctica, todos hemos vivido situaciones de aprietos, de ansiedad, de soledad, de duda, de crisis. Quien haya cultivado su relación con ese Dios providente, podrá comprobar que existe esa presencia que nos sostiene, ayuda a encontrar soluciones, nos acoge cuando estamos perdidos y volvemos a él. siguiendo la enseñanza de Jesús: “No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? (…) pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso”. (Mt 6, 31). La Providencia de Dios actúa siempre en nuestra vida, pero más aún si nos abrimos decididamente a escucharlo en un diálogo interior -la oración, de nuevo- en la soledad y el silencio, con este Misterio cercano y amigo.

Este camino cristiano podría llamarse una «espiritualidad trinitaria» para personas de cualquier estado de vida. Y enlaza, como hemos visto, la vida cotidiana, nuestra acción diaria respecto a los demás, y el mundo interior que tenemos que cultivar para mantener la coherencia y la vivencia de sentido que aumenta la paz y la alegría.

Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga
Madrid, Mayo 2021

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