Colombia: un enfermo crónico

Colombia: un enfermo crónico

Colombia: un enfermo crónico, pero no sólo por la pandemia

“No sé si hemos cambiado. Posiblemente el corazón humano es inmodificable.
Estamos hechos de pequeñas lealtades y pequeñas traiciones que fuimos ajustando,
refinando generación tras generación, durante cientos de miles de años de supervivencia.
No creo que podamos reinventarnos de afán; muchos sentimos incluso que no
nos hemos acabado de inventar, mucho menos mucho menos vamos a reinventarnos”. 

Alejandro Gaviria

«Las vidas de los colombianos importan», grafiti encontrado en Barcelona.

La humanidad en todos los tiempos ha caminado por la Historia con luces y sombras. Ha ido organizando su convivencia y vida política con esperanza, desde los diversos saberes del momento, con sombras y aciertos, avances y retrocesos, ilusiones y sueños por cumplir para vivir el presente con paz, confianza, dignidad, creatividad y bienestar para todos, esa su gran utopía.

No soy politóloga, ni historiadora, soy una ciudadana colombiana que ha vivido los últimos cincuenta años con alegría y tristeza, con asombro y esperanza, con angustia y crispación; con temor e incertidumbres, con periodos de relativa paz y sosiego -muy cortos, a decir verdad-; pero con ilusión y esperanza se vivió como sociedad, la firma de los últimos acuerdos de paz, en el 2016, con el deseo de que llegaran a mejor fin, sin embargo, el ahora sí se convierte repetidamente en ahora no. Aún no estamos preparados para vivir en paz, con armonía y trabajo, para conseguir la construcción mediante la concertación de mayores y mejores niveles de igualdad que a todos beneficie. 

Primero, por sus políticos, quienes creen con soberbia que están haciendo lo mejor y siempre quedan en deuda; y luego, por la sociedad civil, que a pesar de sus esfuerzos está rezagada por la falta de oportunidades de estudio, de trabajo, de empleo formal, salud, educación y vivienda. Colombia es un país que podría ser un paraíso por su posición geográfica tan estratégica y sus riquezas naturales tan abundantes, sin embargo, pensamos y actuamos en pequeño, nos cuesta vivir y pensar en grande, en proyectarnos hacia futuro a corto, mediano y largo plazo, con políticas de Estado posibles y realizables. Sin primar, como hasta ahora, los intereses sectarios y partidistas que no dejan crecer y solo frenan el desarrollo económico, político y social. Ni permiten ser felices a sus habitantes porque la luz al otro lado del túnel cada vez está más lejana y el desarrollo del país siempre estancado, esperando un futuro mejor que nunca llega. 

Como que aún no encontramos el alma de nuestra querida Colombia, ni encontramos individualmente nuestra propia alma, refundida por siempre, en múltiples violencias que no logramos desenredar. La violencia nos ha deshumanizado.

Nuestra vida civilista relativamente joven, un poco más de 200 años, ha pasado por periodos muy duros y graves para sostener, proteger y fortalecer su Democracia. Sin embargo, en este momento dados los acontecimientos desde el pasado 28 de abril, aún en curso, existe gran perplejidad. Los hechos de paro de marchas pacíficas, pero también violentas, que han dejado muertos, heridos y destrucción en las principales ciudades, dejan en claro que puede ser una situación de no retorno y que las soluciones a los graves problemas de orden público no están a la vuelta de la esquina, que la polarización de la sociedad deja ver las heridas sociales más abiertas que nunca.

Tras año y medio de pandemia y luego de las diversas cuarentenas que el mundo globalmente ha tenido que padecer, lo que salió a la luz es la agudización de los problemas más delicados y en los que no se ha hecho lo suficiente por superar, como la línea por debajo de pobreza que hoy alcanza el 42.5 % de la población, lo que equivale a más o menos 21’000.000 de personas sin los requerimientos nutricionales de salud, educación, vivienda… y los adelantos logrados en los últimos 10 años, perdidos en este tiempo de parálisis de la economía. Hoy más lejos de las proyecciones más optimistas de desarrollo del país.

Como lo menciona el Dr. Alejandro Gaviria, exministro de salud y rector actual de la Universidad de los Andes, en su frase que inicia este artículo de opinión. Somos una sociedad que aún no nos hemos inventado, no nos reconocemos; estamos aún en periodo de plena supervivencia, aún no nos tocan las mieles de las sociedades de bienestar. 

Tenemos que seguir reinventándonos una y otra vez, para lograr avanzar como Nación a pesar de los múltiples inconvenientes políticos, económicos y sociales que nos agobian. Para ello, necesitamos contar con el concurso de todos y cada uno de los colombianos en el sentido de lograr acuerdos. Se habla en las calles, por parte de los manifestantes que indican indignación por el desequilibrio e injusticias sociales de ‘negociar con el gobierno’, pero la palabra negociar, no me parece la adecuada, la palabra es ‘llegar a acuerdos sociales’ en que tú pones y el gobierno pone. El diálogo social es indispensable para encontrarnos, para saber qué pensamos, ver las prioridades y deficiencias; en medio de tanta riqueza intercultural que lejos de separarnos y dividirnos nos debe unir para solucionar los graves problemas que nos aquejan.

La solución de los variados obstáculos no los tiene el gobierno como si fuera un mago haciendo maromas. La solución está en las comunidades de base que tienen que trabajar mancomunadamente con los consejos municipales y alcaldes, en principio, para atacar de frente las reales necesidades de los habitantes por zona -escuchar y escucharse-, para que los recursos económicos que llegan a cada lugar no se despilfarren, sino que se inviertan real y objetivamente en la solución de uno a uno de los requerimientos de la comunidad, así, a su vez, los mismos pobladores han de ser los veedores y garantes de las obras y cubrimientos que debe hacer el Estado. 

Necesitamos la fuerza juvenil de las nuevas generaciones para reinventar el Estado, para construir, proyectar hacia futuro, para subsanar heridas, y no, para destruir lo que ya se ha hecho y que beneficia a todos en infraestructura, en mobiliario urbano, riqueza que es patrimonio perteneciente a todos y sí, velar por el respeto por las instituciones que son garantía del estado de derecho.

Como no podemos reinventarnos de afán, hemos de apostar por la educación, derecho que deberíamos tener todos, para reinventarnos desde una ética del cuidado como bien lo expresa Leonardo Boff, en su libro: La educación desde las éticas del cuidado y la compasión. Cuidar la palabra, el espíritu, el intelecto, las relaciones, el cuerpo, la cultura, el entorno y, lo más importante, cuidar nuestras sociedades, que nos definen y protegen como seres humanos.

Gloria Inés RODRÍGUEZ
Educadora
Bogotá, Colombia
Julio de 2021

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