Las lecciones de la Covid-19

Las lecciones de la Covid-19

Fotografía: Surprising_Shots en Pixabay

El fenómeno planetario de la Covid-19, con su larga estela de infectados y fallecidos, ha tenido y sigue teniendo todavía graves consecuencias corporales y psicológicas en la humanidad. No vamos a abundar en ellas. Muchos le han tildado de “maldito virus”, y la mayoría esperan su final como la salida de una pesadilla, pero también es cierto que después de estos dos largos años nos hemos dado cuenta de que de todo aprendemos, incluso de las adversidades. Desde el realismo existencial deberíamos anotar también algunas consecuencias positivas de la pandemia.

1.— La desaceleración. El principio, generalmente extendido y erróneo, de que lo mejor es lo más rápido, ha entrado definitivamente en crisis. Entre otros lo profetizó Lipovetski en su Elogio de la lentitud. Ahora lo que quedaba restringido a círculos selectos de expertos se ha universalizado. La pandemia nos ha obligado a confinarnos y, por lo tanto, a detenernos, a tomarnos la vida de otra manera, a frenar la carrera loca de la que no nos habíamos apeado desde la revolución industrial.

2.— Valorar la casa y el arte de llevarla o caseidad. Hemos aprovechado los confinamientos para volver los ojos a nuestros hogares, para sanearlos y mejorarlos. Para prescindir de lo superfluo. Para valorar lo esencial. El filósofo Josep Maria Esquirol sostiene que la casa es siempre el símbolo de la intimidad descansada. Entrar en casa es sinónimo de adentrarnos en un recinto seguro y nunca como hasta ahora habíamos pasado tantas horas en ella.

3.— El teletrabajo —con sus limitaciones, que también las tiene— nos ha permitido a menudo la conciliación de la vida personal y laboral, un menor estrés, una mayor flexibilidad de horarios, reducción de gastos, mayor productividad, menores costes, mejores candidatos. Incluso ha reducido el absentismo laboral.

4.— Aprender a estar solos. Es un verdadero arte. El riesgo de interactuar con otras personas de nuestro mismo domicilio nos ha llevado, a menudo, a enclaustrarnos en nuestra habitación. A estar solos y a veces también en silencio, largas horas. A descubrir las bondades de la soledad poblada y del silencio pleno de resonancias.

5.— Integrar la incertidumbre. Edgar Morin, centenario filósofo francés, se pregunta «cómo confrontar, seleccionar, organizar los conocimientos de manera adecuada y relacionarlos integrando en ellos la incertidumbre?». En nuestros pensamientos, planeamientos y decisiones, interviene un factor nuevo, el de la incertidumbre: no podemos prever, hemos de diferir nuestras decisiones, estamos imposibilitados de hacer planes a largo y a veces ni a corto plazo.

6.— Vivir el tiempo de otra manera. Fruto de la aceleración, el futuro se nos convertía en pasado sin apenas ser presente. Ahora nos hemos dado cuenta de la importancia de valorar el aquí y el ahora. De contemplarlo. De saborearlo. Sin presentismos reduccionistas, dedicando tiempo también a hacer memoria agradecida del pasado y de arriesgarnos a soñar el futuro.

7.— Aprender a reunirnos. Las reuniones telemáticas se han generalizado. Nos hemos ahorrado muchos desplazamientos. Hemos ensayado unas reuniones más breves (más de una hora en un zoom es tedioso) y concisas: solemos saber cuándo empiezan y cuando acaban. Buscamos las palabras más oportunas para comunicarnos. El moderador puede silenciarnos justificadamente en cualquier momento. Hemos aprendido a pedir la palabra sin interrumpirnos ni mantener conversaciones colaterales en voz alta.

8.— Tomarnos en serio a los demás. El hecho de compartir más horas con los seres que comparten nuestro techo nos ha llevado a escucharlos, a valorarlos, incluso a descubrirlos. En ocasiones nos hemos apercibido que convivíamos con grandes desconocidos. Les hemos reconocido, y dicen que hace más feliz reconocer que conocer. También hemos comprendido mejor los sentimientos de los enfermos y de los más vulnerables.

9.— Festejar de otra manera. Los toques de queda nos han enseñado que para hacer fiesta no es necesario sacrificar horas de sueño, ni concentrarnos en locales asfixiantes con ruidos aturdidores, ni ponernos al volante de madrugada. En las fiestas navideñas hemos aprendido que la familia no es obligatoria, que no tenemos que vernos forzados a celebrar la nochebuena o la nochevieja con aquellos con quienes nos unen solamente vínculos de consanguinidad, pero no de verdadera amistad.

10.— Vivir en comunión con la naturaleza. Tal vez hemos contemplado amaneceres y atardeceres como nunca antes. Quizás hemos corrido por parques periurbanos, o hemos paseado por escenarios no habituales. Tal vez hemos empezado a valorar los alimentos de proximidad. Muchos nos hemos apercibido del cambio de comportamiento de los animales, tan sensibles que detectan los cambios antes que los humanos. Y, especialmente, nos hemos dado cuenta de que somos naturaleza humana, que nace, crece, se reproduce, envejece y muere.

Decididamente el Covid-19 nos sigue dando grandes lecciones. A pesar de todo el dolor que sigue provocando me resisto a maldecirlo.

Jaume AYMAR i RAGOLTA
Historiador
Enero de 2022

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