¿Quieres la guerra?

¿Quieres la guerra?

¿Y si, encima de lo que ha pasado y ocurre con el Covid-19, viniera una guerra?

¡Cuánto ruido de sables!

De manera cierta, no sabemos con exactitud si este terrible virus surgió de un error en el laboratorio, se ha producido por evolución de otro, o se creó para que propiciara una pandemia que ha ocasionado miles de muertos en todo el mundo.

Si hubiera una guerra, al igual que actualmente hay más de cincuenta conflagraciones en todo el mundo, no estaría propiciada por virus alguno, sino por la críptica perfidia humana.

«Armarse» para alcanzar los objetivos.
Se sabe qué armas se necesitan para la guerra,
pero mas difícil es saber qué equipo se necesita para vivir pacíficamente.
Imagen de tprzem en Pixabay

De hecho, sabemos que la gran mayoría de estados tienen ejércitos. Dicen que son para defender la nación. Se cree, de ordinario, que son para protegerse de potenciales enemigos que, con frecuencia, son los pueblos circundantes. Tal vez, tener un ejército puede servir para mantener «a distancia» los pueblos vecinos; o sirve como una guerra preventiva. O podría ser que se esconda cierto afán de expansión dominadora.

Bajo todo esto se oculta algo más profundo y pragmático. Es decir: a los gobernantes les interesa seguir mandando, usufructuar el poder y sacar beneficio de ello; aparte de la gloria que proporciona.

Los caudillos necesitan ejércitos que, a pesar de que el objetivo sea luchar y defenderse del enemigo, sirven de entrada para imponerse incluso al propio pueblo.

Para justificar la existencia de sus milicias, es necesario mentalizar al propio pueblo, proclamando que los “otros” les quieren mal invocando rencores pasados, o bien, por circunstancias ideológicas, de mercados o competencias. Incluso manteniendo que, por varios motivos, la población crea que efectivamente «los quieren mal».

Con estas razones, las poblaciones llegan a estar convencidas de la necesidad de las tropas, sin darse cuenta de que el objetivo más primordial es tener sujeto al mismo pueblo. ¡Y son los ciudadanos quienes sostienen a los ejércitos!

Si a la población sencilla, libre de mentalizaciones, se la dejara libre, preferiría vivir pacíficamente. El turismo lo demuestra: cuando los distintos pueblos se conocen, se tratan y establecen pactos familiares o amicales. Todos quieren vivir felices. Nadie quiere sufrir (la guerra da sufrimientos); nadie quiere morir ni en las trincheras ni en las casas bombardeadas.

No olvidemos el «engaño» que se hace al pueblo con el «Monumento al Soldado Desconocido». Nos lo hacen pasar como si no tuviera familia, ni amigos, ni camaradas, … Cuando la realidad es que fue arrancado de su familia, de su trabajo y de su mundo. Y se le arrastró al frente a luchar contra otros hombres, iguales que él, arrebatados de sus familias, sus amigos y sus mundos….

Las guerras son fruto de una autoridad absurda, cuyas ideologías se creen poseedoras de la verdad y para colmo, actúan con ánimo redentor.

Los ciudadanos libres, lo vemos en las buenas convivencias, tienen tendencia a la solidaridad, a fin de ayudarse a resolver problemas cotidianos de necesidades básicas.

Pero a muchos de los que mandan les conviene entrar en guerra. La mayoría de los ejércitos hacen exhibición de poder con desfiles militares con alarde de modernas y mortíferas armas.

Es como si «pactaran entrar en guerra». Así cada uno, frente a los suyos, justifica su ejército y su armamento. Después, igualmente «pactarán la paz».

Parece que no les importe demasiado si pierden o ganan la guerra. Ganar o perder lo pagan los ciudadanos (heridos, muertos, hambre…), no los mandatarios.

No todas las guerras pueden encuadrarse en este esquema, pero sí que es posible y debe evidenciarse este sentido que se mantiene críptico.

Se podría tener en cuenta que si pasara mucho tiempo sin producirse una guerra y la gente podría descubrir la no necesidad de un ejército. «Quienes mandan» pueden ser capaces de provocar una guerra, para que vuelva a quedar patente esta necesidad.

Ejércitos mantenidos a expensas del pueblo, contra unos enemigos más imaginarios que reales.

¿No es mejor hacer la paz?

Las guerras lo destruyen todo. Ponen patas arriba muchas cosas. Una entre ellas, la muerte: resultaba que antes, la gente sólo se moría. Sin embargo, ahora en cambio, la matan.

La Paz, sin ella, no es posible la alegría. Sólo dolor y lágrimas. Sudor y sangre. Tormentos, muerte y destrucción. Una nueva oleada —gigantesca— de apocalipsis. ¿A dónde irían a parar los sueños de futuro que deseamos los ciudadanos de a pie?

Febrero de 2022

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