Aprender a vivir en la fragilidad

Aprender a vivir en la fragilidad

Fotografia Gerd Altmann – Pixabay

No podemos negar que siempre ha existido incertidumbre y complejidad en el mundo y, de una manera u otra, los individuos, hemos ido construyendo distintos sistemas que nos han permitido descubrir y adaptarnos a esos entornos cambiantes.

Utilizando de nuestras capacidades, hemos creado instituciones, generado leyes o regulaciones, construido modelos culturales, políticos y religiosos, incluso hemos desarrollado estrategias económicas y de negocio que nos han ayudado a entender y a domesticar el cambio con la finalidad de hacerlo más comprensible y mantenerlo bajo control.

A principios de nuestro siglo surgió un concepto cuyo acrónimo se denominó «VUCA», que pretendía definir y encuadrar el tipo de mundo que había surgido como consecuencia de un entorno cada vez más interconectado y fuertemente digital. A las puertas de nuestro siglo, la volatilidad (V), la incertidumbre (U), la complejidad (C) y la ambigüedad (A), se habían convertido en algo ya asumido entre los individuos.

Sin embargo, una vez situados cerca del primer cuarto de siglo, declarar que una situación o un entorno es volátil, complejo o ambiguo es insuficiente para comprender lo que está sucediendo. De hecho, estamos viviendo situaciones en las que las condiciones no son inestables, sino que podemos denominarlas como caóticas. Los resultados de nuestras actuaciones no son complejos de evaluar, sino que se muestran realmente imposibles de prever. Y vivimos en un mundo donde las cosas que suceden, no podemos tildarlas de ambiguas, sino que se han convertido en incomprensibles.

Algunos de los cambios que están sucediendo en el ámbito de la política, el medio ambiente, la sociedad y la tecnología nos pueden parecer familiares o similares a otros ya vividos. Pero muchas de las transformaciones que se están produciendo y, en especial, la velocidad con la que se originan, son realmente sorprendentes, distintas a lo nunca visto y generan una gran desorientación.

En este contexto me gustaría hablar de la fragilidad. Cuando algo es frágil, lleva implícito la posibilidad de que en un momento dado se rompa. Las cosas que son frágiles muchas veces se ven fuertes, incluso puede que realmente sean fuertes, pero tienen un punto de ruptura y entonces se desmoronan.

Según la física, la fragilidad es la capacidad que tiene un material de fracturarse debido a su escasa o nula capacidad de deformación permanente. Los sistemas frágiles pueden parecer en muchos casos sólidos, hasta que no lo son. Podríamos decir que la fragilidad muestra un tipo de fuerza ilusoria. Las cosas que son frágiles no son resistentes, tampoco son moldeables ni dúctiles.

Nuestro mundo presenta actualmente esa característica. Un sistema puede estar mostrando continuamente que es robusto, que es bueno, que puede aportar continuidad en el tiempo, incluso cuando nos esté dando muestras de una situación de colapso.

Y asociar este concepto de fragilidad a nuestro mundo es importante, porque los sistemas frágiles no se desmoronan lentamente, se rompen de golpe, se colapsan y se fragmentan en mil pedazos.

La fragilidad es, a menudo, el fruto de querer maximizar la rentabilidad y la eficiencia con la finalidad de obtener el máximo valor de algo. La encontramos en los monocultivos intensivos que pueden aportar una altísima productividad, pero al no disponer de una diversificación, un solo tipo de insecto puede acabar con toda la cosecha. Lo mismo ocurre con un país que centre su economía en la explotación de los recursos naturales como única fuente de riqueza, ya que un cambio tecnológico que descarte el uso de dichos recursos puede colapsar su modelo de crecimiento.

La fragilidad no es algo nuevo, el mundo ha estado siempre sujeto a situaciones catastróficas, pero la mayoría de ellas estaban limitadas regionalmente. Sin embargo, en un mundo tan globalmente interconectado como el nuestro y dependientes de un marco geopolítico de bloques tan enfrentado, un colapso o una falla puede generar un efecto dominó en todo el planeta de importantes consecuencias.

Muestras de esta fragilidad las estamos viviendo últimamente a través de los efectos que están causado la pandemia, la crisis de suministro generada por un colapso en las vías de transporte marítimo, la crisis climática, o la quiebra del “estatus quo” geopolítico entre bloques democráticos y dictatoriales. Todo ello es una pequeña muestra de lo frágiles que puede llegar a ser nuestros sistemas fundamentales de los que depende la supervivencia humana y la idea de bienestar.

Esta fragilidad afecta claramente a todos los individuos, a su comportamiento y a la manera de leer la vida y de planificar el futuro. Vivir en un entorno de fragilidad, que muestra continuas fallas, supone saber vivir aceptando la incertidumbre y la inseguridad, ya que lo imprevisible se convierte en una constante. La falta de linealidad entre las causas y los efectos o, dicho de otra forma, la desconexión entre lo que hacemos y lo que esperamos que ocurra, nos bloquea cuando nos ponemos a planificar.

Parece que a medida que avanza la civilización y se multiplican los avances científicos, tenemos más posibilidades de acercarnos hacia un mundo más seguro y con un mayor nivel de bienestar. Sin embargo, la realidad nos muestra lo contrario, cuanto más inteligente y avanzado es el ser humano más frágil se vuelve su existencia.

Todo ello está generando una gran ansiedad y seguirá ampliando la brecha entre las generaciones. Los más jóvenes ya han nacido en un entorno de incertidumbre y transitoriedad, y su forma de pensar ya incluye estas variables a la hora de planificar sus vidas, sus empleos, su tiempo libre, etc. Hablamos muchas veces de los nativos digitales, también deberíamos hablar de los nativos en la fragilidad. Estamos ante una nueva manera de interpretar el mundo e interrelacionarnos y, por supuesto, será necesario seguir profundizando, aún más si cabe, en el diálogo intergeneracional.

Algunos pensadores, a esta nueva situación, que suma el cambio continuado a una situación de fragilidad, le llaman caos. Todos sabemos que el caos es difícil de controlar, pero lo que sí está en nuestras manos es poder mejorar nuestros niveles de resiliencia, gestionar mejor el estrés y la angustia que provoca lo impredecible y aprender a vivir la vida valorando más lo que somos y no tanto lo que tenemos.

Para profundizar sobre el tema, consultar «Facing the Age of Chaos» Jamais Cascio, Distinguished Fellow, Institute for the Future, https://medium.com/@cascio/facing-the-age-of-chaos-b00687b1f51d

David MARTÍNEZ
Economista
Barcelona (España)
Marzo del 2022

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