Ecología: El cuido con ternura de nuestra casa común

Ecología: El cuido con ternura de nuestra casa común

A nivel personal y social se realizan acciones para cuidar la naturaleza.
Imagen de Ron Lach en Pexels

En la pasada cumbre de Glasgow se volvieron a plantear los grandes retos climáticos. Como se esperaba de esta cumbre internacional, no se encontró una solución mágica al cambio climático, pero se dieron unos pasos hacia las necesarias reducciones de los gases de efecto invernadero que sobrecalientan el planeta. La cumbre, a la que asistieron alrededor de 40.000 personas, sirvió para poner de nuevo el cambio climático en el foco de la atención internacional. Muchos de los principales líderes mundiales acudieron a la cita de Glasgow y los medios de comunicación de todo el mundo se llenaron de informaciones y reportajes sobre la crisis climática.

A estas cumbres, asisten los expertos que más saben de estos temas, así que, lo que en ellas se dice, no tiene un afán sensacionalista, sino un rigor científico. Por ello nos preguntamos: ¿Serán los países capaces de hacer el cambio radical de modelo de desarrollo que se necesita a tiempo para evitar los peores efectos del calentamiento? ¿Compensarán adecuadamente los países ricos a los más pobres por los daños de un cambio climático del que ellos no son los principales responsables? A pesar de todo, nos queda la sensación de que los países siguen sin aplicar las medidas propuestas y que podrían evitar el desastre ecológico que expertos y activistas vaticinan. ¿No estamos perdiendo un tiempo que es vital para la efectividad de estas acciones que se reclaman?

Tal vez una de las dificultades radique en un error de planteamiento, porque nuestra mirada hacia los problemas planteados es puramente económica y no es capaz de dar un salto cualitativo, a una mirada más ecológica de la realidad. La palabra economía viene del griego “oikonomos”, formada por “oikos” que significa casa, y “nomos” que significa administración o regulación: la administración de la casa. Entendemos la economía como el conjunto de normas, métodos y leyes que sirven para administrar y regular los bienes y recursos (obtenidos de la casa) que satisfacen las necesidades humanas, ya sea de una persona, familia, ciudad o el conjunto de la humanidad. Por otro lado, ecología deriva de “oikologos”, “oikos” aquí sería casa en el sentido de un ecosistema, y “logos”, estudio o conocimiento, la ecología es la ciencia que nos permite estudiar y conocer cómo funciona un árbol, un bosque, un lago, una montaña o la Tierra entera.

Si uniéramos economía y ecología tendríamos un resultado optimo: la economía ecológica, que conlleva la ética social y la cooperación, y con la que podríamos conocer nuestra casa y administrarla tanto a nivel local como global, algo deseable e imprescindible para que podamos convivir las personas y los demás seres vivos del planeta. El problema sigue siendo que la economía no siempre está al servicio de la humanidad, sino de algunos intereses. Un verdadero logos (sabiduría) debería aplicar nuestros conocimientos (también los económicos) a toda la realidad, para que el cuido de la casa se abra paso con leyes y administraciones que no atente contra la vida de la naturaleza y obviamente de los propios seres humanos.

Vivimos abrumados desde hace mucho tiempo por tanta contaminación como hay en la tierra, en el mar, y en el aire, y queremos luchar contra las causas inmediatas que producen esta intoxicación del planeta, con medidas básicamente económicas. Pero la sabiduría nos dice que hay que empezar por trabajar más intensamente la causa verdadera que hay detrás de aquellas otras causas que han ido señalando los expertos. Hay que subrayar la antiecología del hombre sobre sí mismo, ya que es lo que después pone en marcha las fuerzas que producen la degradación del planeta.

«Hace falta una educación más ecológica, es decir,
un saber práctico que ayude al ser humano a ser más humilde.»
Imagen de Anna Shvets en Pexels

Tendríamos que iniciar las cumbres pidiendo una educación, generando una cultura que busque que los seres humanos no seamos tan egoístas, soberbios, insolidarios. La ecología global, debe empezar por una ecología individual y social. Casi todos estamos de acuerdo en que es necesario defender la naturaleza, pero si es dramática la destrucción progresiva de ríos, mares y la atmósfera, lo es aún más la desertización de los sentimientos, la indiferencia social y la lucha absurda entre nosotros mismos. No podemos construir un mundo, cuidar un planeta, pisándonos unos a otros, con el afán de sentirnos más poderosos. El poder es lo más antiecológico, aunque sea económicamente rentable para unos pocos, pues siempre termina construyendo su dominio, sobre un montón de escombros y de realidades degradadas. Este modo de ser da como fruto la degradación del propio ser humano, lo que también acaba implicando la destrucción medioambiental. Es como si nos preocupáramos del agua que se degrada, pero no veláramos la degradación de los peces que lo habitan. ¿No deberíamos hacer ambas cosas a la vez?

Insisto, es obvio que tenemos que defender la naturaleza, pero también que tenemos que protegernos de la lucha absurda entre nosotros mismos y contra los demás seres humanos. Cada vez tenemos menos puentes de cariño, de respeto y de comprensión auténticos. Hace falta una educación más ecológica, es decir, un saber práctico que ayude al ser humano a ser más humilde, a sentirse más unido a la naturaleza, a vivir una verdadera fraternidad con todo lo que existe.

¿Estamos a tiempo de frenar
los problemas medioambientales que sufre la Tierra?
Fotografía de Martín Péchy en Pexels

Si no somos capaces de erradicar la desertización del corazón del hombre seguiremos con estas políticas que descartan personas y pueblos enteros. No todo tipo de progreso es válido, porque a menudo para alcanzar ciertas metas dejamos en el arcén del progreso demasiada destrucción de la naturaleza y demasiadas vidas humanas. Tenemos que tejer y rehacer vínculos, sino queremos dejar la humanidad vacía de todo. La revolución ecológica brotará de la revolución de la ternura, si matamos la ternura destruiremos la naturaleza, porque mataremos al ser humano.

Sólo arreglando al hombre podremos arreglar la naturaleza. Cuanto más estropeemos la naturaleza, más inhóspita resultará para el propio hombre, y éste quedará todavía más despojado y despreciado. Se crea así un círculo vicioso. Tenemos que romperlo con valentía, porque la naturaleza, al fin y al cabo, nos guste o no, siempre sale ganando y aunque el hombre se autodestruyera, seguirían apareciendo otras especies.

Muchas personas de buena voluntad creen que el hombre terminará venciendo los problemas que hoy tenemos planteados. Si ahora vemos que la industrialización, con sus excesos, pone en peligro nuestra existencia, cuando el hombre llegue a raíz del precipicio reaccionará a tiempo. Pero eso sólo lo lograremos si empezamos mejorando nosotros mismos, si se reconstruye nuestra propia ecología interior. Esta metanoia, es la que permitirá recomponer la ecología de la naturaleza a nuestro alrededor. No podemos olvidar que todos y todo está interconectado, que los seres humanos somos un animal más dentro de este paraíso tan maravilloso que es la tierra. Dominar la tierra no significa creernos superiores y actuar con soberbia y poder, sino tratarla con ternura, cuidarla con esfuerzo y dedicación, con agradecimiento, porque sin esta casa, nuestra existencia no sería posible.

Jordi CUSSÓ PORREDÓN
Junio de 2022

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