La humildad del Papa teólogo

La humildad del Papa teólogo

La muerte de Joseph Ratzinger ha tenido un eco importante en la Aldea Global. Cientos de artículos, preparados para la ocasión, hacen una valoración de su persona y su pontificado bajo diferentes focos. Unos más positivos, otros más críticos, otros anclados en la leyenda negra de su rigidez y su imaginario pasado filo nazi. Pero es innegable la importancia de este hombre que fue capaz de renunciar al papado cuando se sintió imposibilitado para seguir adelante con esa misión.

Su renuncia tuvo múltiples lecturas. Se hipotetizaron presiones político-eclesiales internas, problemas serios de salud, rechazo al mundo contemporáneo… Pero me parece que sus motivos eran mucho más sencillos y antropológicos. La fatiga y la falta de energía para continuar, le impedían mantenerse en el ritmo intenso de la agenda pontificia.

Pero el anuncio de que dejaba el pontificado en el año 2013 no fue sólo un signo de sencillez individual. Benedicto XVI estaba dando un paso más en el “aggiornamento” (actualización) de la Iglesia emprendido por el Concilio Vaticano II en la década de los 60, que desmanteló poco a poco los restos de usos y costumbres imperiales que el Papado había ido incorporando con los siglos y consolidado en la Edad Media. No olvidemos que un joven Ratzinger participó en las sesiones conciliares como perito teólogo del Cardenal Frings.

Bajo el impulso del Concilio, a partir de 1962 los Pontífices fueron despojándose de restos imperiales. El beso en el pie y la prohibición de estar sentados ante el Papa, fueron abolidos por Juan XXIII; Pablo VI regaló la tiara pontificia (un vistoso tocado con tres coronas) y suprimió la Guardia Noble y a los encargados de cargar unos penachos que originalmente servían para abanicar al Papa como al emperador. Juan Pablo II dejó de usar la silla gestatoria (una silla a hombros de los llamados «sediarios») y la cambió por el Papamóvil.

Este proceso no se interrumpió con el Papa alemán, aunque él gustara de vestirse con ornamentos tradicionales, muy valorados y habituales cuando era niño en su Baviera natal.

Fotografía Francesco Nigro en Pixabay

Benedicto XVI tuvo al menos dos gestos que continuaban la des-imperialización del papado: su escudo ya no incorporó la tiara, sino una sencilla mitra de obispo. Parece un gesto inocuo, pero estaba cambiando la iconografía pontificia (Francisco hizo lo mismo en su propio escudo). Pero además, cuando sintió que le fallaban las fuerzas para continuar guiando la Iglesia, no dudó en dejar atrás la concepción imperial del papado como cargo vitalicio, e igualó al Obispo de Roma con los demás Obispos de la Iglesia Católica, que presentan su renuncia al llegar a un límite de edad.

Lo anunció con sencillez y claridad en su “Declaratio” el 10 de febrero de 2013. Este gesto fue resultado de un “reiterado examen de conciencia ante Dios”, y también fue asumido “con plena libertad”. Sorprendente. Sobre todo, habiendo visto a su predecesor Juan Pablo II en un declive físico progresivo y severo, convencido de que el Señor le pedía estar en su sitio hasta el final.

Pero Benedicto XVI tuvo la libertad interior de ser fiel al Espíritu Santo haciendo justamente lo contrario. Con una enorme humildad y confiando tanto en Dios como en los dinamismos internos de la Iglesia. Hermanado con sus hermanos Obispos, se convirtió en Papa emérito igual que los Obispos que renuncian se convierten en Obispos eméritos y llevan en su mayoría una vida retirada o sólo como modesto apoyo a pequeñas comunidades.

La capacidad de ambos Obispos de Roma, el activo y el emérito, para gestionar una presencia inédita en la historia de la Iglesia moderna, han mostrado que el camino de la Iglesia está abierto al futuro, no está todo escrito por más que así parecieran indicarlo los protocolos vaticanos.

Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga y doctora en comunicación
Madrid, enero 2023

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