La grandeza de lo sencillo

La grandeza de lo sencillo

Fotografía: Josep Alegre

Una pepita, un grano, una semilla…, son en sí mismos poca cosa, pero con su savia se ensancha la vida. Desde la sencillez y nimiedad, surge, crece y se desarrolla su existencia. El camino recorrido al crecer, conlleva pérdidas y ganancias como elemento propio del equilibrio ordenado y dinámico de la vida. Esa red de sistemas de control autorregulados, son hábitos sencillos asumidos, que brotan desde dentro y liberan, siendo el primer paso necesario para desarrollarse. Algo parecido nos acurre a todos los seres vivos. En el caso de las personas, nuestras experiencias extienden y amplían nuestro saber, ayudándonos a revelar nuestros rasgos e identidad. La vida surge con naturalidad y crece con los cuidados, pero los ojos del adulto no son los del niño. En el cultivo ponemos énfasis en lo que creemos bueno y valioso, y desechamos o podamos lo que perjudica, porque aquello que se fortalece en la cepa brotará en el corazón de la vida. Son esos actos sencillos y vibrantes, los que nos acercaran a la felicidad y plenitud.

Porque educar en grande es preparar al neófito para vivir su historia personal de la mejor manera posible, ayudándole a desarrollarse física, psíquica y espiritualmente, hasta llegar a ser una persona libre e independiente. Esta tarea incluye dos vertientes, la informativa y la formativa, es decir, transferir conocimientos e impulsar actitudes que le permitan gestionar su propia vida con éxito. Por eso la educación ha de ser integral e incluir la inteligencia, los sentimientos y la voluntad, que han de permitir sacar a la luz todo el potencial y talentos que hacen singular a cada persona. En esta tarea los primeros y principales educadores son los padres que, a través del cariño a sus hijos, ayudan a madurar, enseñan a amar y contribuyen en la creación y consolidación de buenos hábitos para su vida. Con acciones de mediación, aparentemente sencillas,  tratan de armonizar cabeza y corazón. Después se prolonga desde la escuela, despertando curiosidades, provocando sorpresas, enseñando a pensar y resolver conflictos…, en la gran tarea que es educar.

Fotografía: Josep Alegre

1.- Nada es inútil

En su fase inicial una semilla todavía no tiene las características que lo conformarán definitivamente, pero en su insignificancia momentánea, el cultivador es optimistas en su crecimiento. En el mundo de la educación también se cumple este paradigma: el educando concentra un caudal de posibilidades, que ha de desplegar orientado por un educador que cree en el novel. Si en las primeras etapas de su desarrollo, la semilla dispone de humedad, aire y una temperatura adecuada, el embrión que contiene en su interior inicia su desarrollo para formar una nueva planta. También la educación es una semilla de cambio, que orienta y acompaña para que cada persona crezca en todo su potencial. La disposición, la determinación, la capacitación, la voluntad, el esfuerzo y la ilusión, marcaran el proceso de crecimiento y la germinación del potencial que atesora. La capacidad humana de poder ser influenciado (educando) e influir (educador), es la base de esta educabilidad.

El vínculo educativo arranca en los primeros años de vida de la mano de la curiosidad y la sorpresa que se convierten en motor de aprendizaje. El gusto por conocer las cosas, que le llegan por los sentidos, alimenta experiencias de aprendizaje constantes. Este caudal, puesto en movimiento y guarecido en la confianza, el cariño y seguridad del entorno familiar, se repite primero como entretenimiento. Esa interactuación va configurando una vía estable en la que pueden afianzarse las habilidades y conocimientos venideros. El ejercicio de las propias acciones de conocimiento y control, al principio de forma básica, van fomentando hábitos operativos que se aplican a las actividades diarias y a la relación con las personas. El espejo constante de los padres y el ansia de imitarlos, son el empuje y la referencia que precisan. Aquí ha de acoplarse el acompañamiento educativo adulto, que siembra semillas al explicar su buen o mal hacer.

Esta presencia del adulto, que a veces nos puede parecer que no es necesaria porque creemos que no nos entienden, es imprescindible y valiosa como vínculo y referente. Esta siembra es muy significativa porque ayuda a interiorizar los mejores comportamientos, que se convertirán en pautas en el futuro. Estos sencillos actos se verán enriquecidos al responsabilizarle de tareas y encargos, de acuerdo con sus habilidades y destrezas. Ese reforzar el actuar a fuerza de repetir, de manera perseverante y con cierta libertad, y el abrirse a los demás desarrollando la empatía…, se convierten en hábitos operativos que, en su conjunto, van creando conexiones y estabilizando el comportamiento en el día a día. Nuestra presencia responsable y comprometida, ira asistiendo al desarrollo de vidas maravillosas, que se van desplegando poco a poco en todo su potencial, desde exploraciones sencillas en las que cada pequeño detalle tiene su función y destino.

Fotografía: Josep Alegre

2.- Todo está interconectado

Con el paso del tiempo, la semilla germina, sus células se dividen, multiplican y alargan, y la planta va creciendo aumenta en tamaño y peso. Las plantas crecen lentamente gracias a la tierra, el agua, el aire y la luz. Diversos eventos biológicos y ambientales, contribuyen a la producción de una planta madura desde un embrión: el crecimiento, la diferenciación, y el desarrollo. Si se dan las condiciones óptimas, se llegará al desarrollo de acuerdo al potencial genético. En la naturaleza y en nosotros, todo está interconectado y se rige por una secuenciación ordenada de pequeñas acciones. En las personas el aprendizaje llega a través los circuitos neuronales, que conectan las diversas zonas del cerebro. La plasticidad cerebral contribuye a proyectarnos como personas únicas y singulares. Dicha plasticidad es máxima en las primeras etapas de vida y se hace más eficiente con el uso frecuente.

Con la repetición de las acciones se crean hábitos y con ellos circuitos primero simples y luego más complejos, que se refuerzan con el uso. Al principio todo se transforma en juego y se aprende a través él. Detalles sin mayor importancia aparente, pequeños objetos, intercambios de miradas, movimientos repetitivos…, que permiten experimentar, ensayar y disfrutar. Esa condición placentera, el margen de movimiento y experiencias sensibles perceptivas…, se convierten en circuito de aprendizaje. El mundo que le rodea se aproxima usando todos los sentidos, experiencias y vivencias, y su cerebro, gracias a la plasticidad,  está preparado para formar impulsos, conexiones y redes neuronales múltiples. Si además, el ambiente en que vive inmerso  en casa, es de cariño e interactuación, y se respetan los ritmos naturales de crecimiento, el desarrollo comenzará a ser plausible. Las actividades sencillas se van transformando en aprendizajes duraderos.

La predisposición, el ánimo para hacer algo…, nos activa y fomenta nuestra actitud para afrontar aquello que venga. Se trata de una actitud vital que nos ayuda a analizar mejor, qué y cómo debemos ejecutar nuestras acciones. Con estos parámetros estamos aceptando la realidad, e incluso nos dispone a enfrentarnos a aspectos no deseados de la misma. Esta ayuda no solo es para propio beneficio al sentirnos útiles y capacitados, sino también porque nos abre a la percepción que los demás tengan de nosotros, con el cierto contagio que esto puede provocar: estar rodeado de personas positivas y con buena actitud nos beneficia. Por todo ello hay un doble reto a contemplar en esta vida que crece: ser la mejor versión de nosotros mismos y al mismo tiempo de la sociedad. Esta exigencia nos empuja a vencer desidias, nos anima ante las desganas…, es un aliento valioso que nos dispone y activa para ser mejores personas.

Fotografía: Josep Alegre

3.- Sembrando buenas semillas

El ovario de la planta, una vez polinizado crece hasta transformarse en fruto, en cuyo interior se encuentra protegida la semilla. Cuando la semilla tiene las condiciones adecuadas (calor, agua y aire) se rompe y le brota una pequeña raíz, la cual se convierte posteriormente en la raíz primaria o principal. Ese brote tierno que se alimenta, empieza a crecer según sus características, en lo que llamamos crecimiento vegetativo. También la naturaleza predispone, dota y guía a las personas al aprendizaje sensible y el desarrollo de diversas funciones innatas o de adquisición de valores humanos. Cada característica o valor humano tiene un periodo sensitivo concreto y específico. El niño está concentrado, le gusta repetirlo hasta que lo interioriza. En ese momento el aprendizaje es agradable porque se disfruta mucho en él. Si están a gusto, serenos, con posibilidad de elegir y con libertad de movimiento, aprenderán la empatía, la amabilidad, la sinceridad, el optimismo…, que ven personificados en sus padres. Los hábitos se educan y los padres son parte del crecimiento y evolución de sus hijos.

Las aulas son ámbitos de experiencia en común, de la cultura y aprendizaje, del desarrollo del pensamiento crítico y del pensar creativo, y también de la habilidad en la resolución de problemas. La escuela aviva los procesos de reflexión, los profundiza, los eleva y lo encamina a lo productivo, aprovechando tendencias y creando hábitos: ser curioso y cuestionador, darle tiempo al pensamiento, asumir riesgos, ser flexibles y pacientes, organizar la propia reflexión, adelantarse a los sucesos, ir más allá, pensar de manera amplia, argumentar con claridad y detalle… El punto de partida es el conocimiento previo, que ya tiene dentro y se trata de sacarlo. Posteriormente potencia el pensamiento responsable, independiente y estratégico con desafíos nuevos: a dónde queremos ir, qué posibilidades tenemos, qué detalles hemos de afrontar, cómo lo hemos hecho… No son simples hechos o habilidades sino resolución de problemas, adquisición de conocimientos en un contexto, para posteriormente ponerlos en funcionamiento en otros momentos de la vida diaria.

Fotografía: Josep Alegre

4.- Nuestra actitud al educar

Del mismo modo que en la minúscula semilla va desplegando el potencial que atesora, las personas podemos avivar la savia que incluimos y desplegarla en nuestra vida diaria. Este proceso no es automático, sino que necesita cooperación del implicado y las personas que le acompañan de manera sensible, especialmente en los primeros años. Cada planta necesita sus propias condiciones para crecer y las personas también. La transformación forma parte de nuestra esencia. Partimos de unos contextos y nos encaminamos a otros, que tendremos que asumir y transformar si es necesario. El ejercicio de comparar y contrastar, además de hacernos conectar con lo que sabemos de antemano, nos empuja a transferir y aplicarlo a lo cercano y a lo remoto. Este progreso va engrandeciendo y ampliando nuestras posibilidades, explorando habilidades y destrezas, fortaleciendo valores implicados… Padres o educadores, les acompañamos y les educamos en este proceso.

El educador planta semillas que dan fruto durante toda la vida, desde una manera de ser y de estar. Desde una actitud paciente, hemos de realizar nuestra intervención siendo apoyo, soporte y aliento en su evolución. Desde los pequeños movimientos, a partir de lo que observamos y lo que creemos más adecuado para ellos, les acompañamos por el mejor camino que creemos: aprendiendo, desaprendiendo y utilizando lo aprendido. Para ello hemos de ponernos en su camino, que no está totalmente preparado, y se rehace y se remodela, en la medida en que las personas van descubriendo nuevas preguntas, respuestas y propuestas de vida. Por eso nos interesamos por lo que viven y aprenden, creamos vínculos que estimulen a crecer, reconocemos y valoramos sus progresos, buscamos juntos nuevas estrategias de avance… Tenemos una actitud más tranquila, paciente, observadora, positiva, flexible, alegre, abierta a los cambios e improvisaciones.

Acompañar y ser acompañado son dos actitudes vitales que no se improvisan, sino que se aprenden. La conexión no se explica, se siente en el vínculo emocional, en el papel activo y emprendedor del alumno y en la tarea de supervisor, orientador y soporte, que el adulto desarrolle. El acceso al potencial de esa semilla está en cada uno y en los que le ayudan a descubrir y elaborar todo el potencial de ese amplio tesoro. La educación, como la vida, tiene muchos detalles colmados de pequeños momentos. En su conjunto, nos hacen crecer de manera discreta y humilde, pero la vida rebosa en toda la grandeza que atesora en su interior. Que sea asequible no implica que sea fácil, pero desde esa savia que envuelve la grandeza de lo sencillo, nos vamos transformando en personas cada vez más íntegras, y es ese ser sencillos, lo que nos hace grandes.

Josep ALEGRE
Profesor, filólogo y educador socio-cultural
Barcelona, España
Noviembre de 2023

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