Rescatar las preguntas

Rescatar las preguntas

Parecerían algo superado, propio de la época de oro de la filosofía griega, del medioevo, la Ilustración o las culturas milenarias. Para muchos representan una incomodidad cotidiana que, como las moscas, estorban la placidez de la sala de estar y, de ser posible, habrían de eliminarse con un eficaz insecticida. Hay quien intenta evadirlas en la era de Internet y del iPod a base de un bombardeo de estímulos constantes. Son las preguntas, los cuestionamientos por el sentido pequeño y grande de lo que nos rodea. Preguntas de diversas dimensiones que, a pesar de todo, se cuelan por los intersticios y las fisuras más estrechas de nuestras jornadas atiborradas de ocupaciones. Molestan, quizá, porque interpelan, solicitan cambios de actitudes, nos enfrentan con nosotros mismos.

«¿Por qué tropiezo de nuevo en la misma piedra de siempre? ¿Por qué no logro mantener un diálogo sereno con mi pareja? ¿Por qué ha muerto la persona que tanto quería? ¿Para qué me levanto cada día? ¿Cuál es la causa del desasosiego y las adicciones de tantos jóvenes? ¿Quién es culpable de la muerte de los inocentes? ¿Quién soy yo, realmente, y hacia dónde voy? ¿Cuál es mi verdadero bien?» Estas preguntas no son abstractas o teóricas. Emergen de la vida misma, y reclaman respuestas de progresiva amplitud y hondura, para orientar las acciones cotidianas a una mayor felicidad y plenitud, y colmar la necesidad de sentido que hay en toda persona.

Fotografía: Mauricio Chinchilla

Estas y otras cuestiones asaltan al ser humano, formuladas de diversas formas, desde que inició su andadura sobre la tierra, y se robustecen cuando la persona ama sinceramente y desea amar más y mejor. No ha sido posible eliminarlas. Viven y reviven en cada generación. Es enternecedor escuchar niños en la edad de los «¿por qué?». Expresan la natural curiosidad de todo ser humano por conocer su entorno, por comprender las causas de los fenómenos y relacionar entre sí conceptos y experiencias. Unas se refieren a situaciones concretas, fugaces, otras resultan embarazosas al explicitar aspectos que los adultos suelen cubrir con el silencio. Otras se dirigen a horizontes más amplios, a las causas de las cosas, de modo que ponen a sus padres en un aprieto, tal vez porque no se las habían planteado o carecen de respuestas.

Hijas de las preguntas son las ciencias, la filosofía, las religiones. Por eso, aquellas no deben ser asesinadas ni evitadas. Por difíciles o incómodas que parezcan, es importante afrontarlas, saborearlas, intentar sinceramente responderlas, tanto a escala personal como comunitaria y social.

Hay culturas que favorecen el surgimiento de preguntas oportunas y bien planteadas, y proponen modos de respuesta. Otras civilizaciones, en cambio, tratan de fumigar las preguntas definitivamente, sustituyéndolas por consignas, o segando la raíz que las alimenta: la inteligente contemplación del mundo. A ningún poder totalitario —con ideologías de cualquier signo o sin ellas— le conviene una población que se pregunta seriamente las cosas. Es mucho más fácil de dominar si es ignorante y si está aturdida, por ejemplo, a base de «pan y circo», de aturdimiento laboral, mediático, químico.

En nuestra sociedad, las preguntas parecen sufrir un acoso bastante consistente. No han podido ser extirpadas, pero no son pocos los que han renunciado a ellas o aún peor, quienes ni siquiera se han encontrado cara a cara con una pregunta honda por el sentido de lo que viven; no es extraño que la epidemia de nuestro tiempo sea la depresión: el sinsentido.

Pero afortunadamente, la naturaleza humana se niega a ser reducida en aquello que surge de su libertad, de su inteligencia, de su capacidad de amar. Las preguntas emergen siempre. Su terreno fértil son el silencio, la reflexión, el diálogo rico y abierto. También la buena literatura, el cine de calidad, el periodismo serio, pueden ser una excelente fuente de preguntas acertadas y, con frecuencia, de respuestas necesarias, aunque no lleguen a la metafísica. No sólo alimentan la versión más noble de la llamada «opinión pública», sino pueden contribuir al avance de la sociedad en una línea democrática y de distribución en el ejercicio del poder. De aquí la necesidad de rescatar las preguntas del naufragio. Pueden ser origen de un camino que, aunque sea fatigoso, es muy gratificante y típicamente humano.

Leticia SOBERÓN MAINERO
Doctora en Ciencias Sociales y psicóloga
Roma

Publicado en RE 69, febrero 2010

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