El ser que pregunta

El ser que pregunta

Pocas tareas han sido asumidas por tantos, con tan diversos resultados, como la de averiguar quiénes somos. No me arriesgo a indicar que los resultados sean pobres, pero sin lugar a dudas, siguen siendo insatisfactorios, la perseverancia de la cuestión así lo indica. Averiguar quiénes somos ­—averiguarnos— es puerto de salida y de llegada, porque quien pregunta es, a su vez, el destino de la pregunta; e incluso el inquirir por cualquier otra cosa distinta a nos, siempre supone un preguntar por quién pregunta; por supuesto siempre que la pregunta sea hecha cabalmente y no como un simple decir.

Que nos definamos como «animales racionales» o «seres-para-la-muerte» o «quiénes somos y nuestras circunstancias» o cualquier otra formulación por acotar nuestra naturaleza, por responder a la inquietud sobre quiénes somos, carga con el hecho de que eso que somos pregunta por lo que somos, por lo que soy en cada caso. En semejante tarea, toda respuesta amerita indicar que somos «seres que preguntamos por quiénes somos y nos respondemos que somos animales racionales» al gusto aristotélico o «seres que preguntamos por quiénes somos y nos respondemos que somos ser-ahí» al parecer heideggeriano. No importa la respuesta, siempre amerita indicar que somos, primero que todo, «seres que preguntamos».

El preguntar —por quiénes somos o cualquier otra cuestión— delata siempre una donación y una carencia, un legado y una falta, ambos en un mismo movimiento.

Fotografía: Natàlia Plá

Se pregunta porque se ha recibido un horizonte desde el que se pregunta. Ésa es la condición de posibilidad de todo preguntar. La lengua materna y la cosmovisión con que nos han nutrido en nuestro nicho cultural siempre es el punto de apoyo desde donde nos erguimos en el preguntar primario. Hay un supuesto, un sabido, desde donde se pregunta. Eso, desde lo cual preguntamos, siempre es donación. Se enriquecerá con la experiencia, otras lenguas, otras cosmovisiones, pero siempre será un legado que recibimos.

A su vez, preguntar nos señala una carencia; es, en su naturaleza misma, indigencia. Preguntamos porque nos falta saber, nos inquieta el desconocimiento de algo, demandamos estar ciertos en cuestiones que actualmente ignoramos. Al preguntar, intentamos asir más allá de lo que hemos recibido hasta el momento, intentar componer el cuadro completo de la cuestión o cuestiones que nos resulta fragmentado, incompleto.

Al preguntar, apuntamos desde el punto de apoyo en que nos sostenemos y lanzamos la pregunta al alcance posible desde donde estamos, por tanto toda pregunta señala a la vez desde dónde se formula y hacia dónde se dirige. Cada preguntar —topográficamente hablando como metáfora— es un punto de partida y un área que se proyecta desde dicho punto. Ése es su límite y su alcance. Heidegger indicaba con razón que en el seno de toda pregunta se encuentra avanzada su respuesta; no hay forma de preguntar desde la ignorancia absoluta. Desde donde se pregunta se compromete el alcance de la pregunta y su respuesta. Y en cuanto todo preguntar parte de un legado recibido, de la donación de la lengua y estructura cultural de la comunidad que nos forjó, siempre el preguntar es expresión de la inserción de cada uno entre los otros.

Si el preguntar surge desde nuestra condición de seres sociales, formados comunitariamente, herederos de un legado cultural que es la posibilidad misma de todo preguntar, a su vez la diana de todo preguntar son los otros; incluso al formularla en soliloquio interior, siempre se pregunta buscando «alguien» que la conteste, aun si nos adjudicamos la tarea de la respuesta. Toda pregunta supone un diálogo, otro al que se pregunta. Sin los otros —pretéritos y presentes— no habría punto de partida del preguntar, ni pregunta misma. Preguntar es la dinámica íntima de la construcción de un yo y unos otros en diálogo. Sin el yo no hay otros, sin los otros no hay yo.

El que seamos seres que preguntan devela la hondura de nuestro tejido interpersonal, de nuestra apoyatura social en cuanto existentes. El preguntar como signo antropológico, aunque demanda una lengua y una cultura, no se agota en las mismas. Toda pregunta surge de lo recibido y se dirige a quienes compartimos la posibilidad de preguntar y responder, trascendiendo la lengua y la cultura propia, abriéndonos a lo humano como horizonte. Es la pregunta —auténtica, original, indigente— la que devela la común condición humana y es, por tanto, la puerta lúcida para el diálogo y la paz.

David ÁLVAREZ MARTÍN
Filósofo y Decano de la Facultad de Humanidades de PUCMM
Santo Domingo (Rep. Dominicana)

Publicado en RE n. 69, febrero 2010

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