Arropar con belleza

Arropar con belleza

Pocas cosas (y digo pocas por prudencia metódica) tienen una carga de dotación de sentido tan poderosa como la belleza. Ajena a los cánones estéticos, aquí la belleza tiene que ver con las entretelas del alma, con la ternura y la compasión. Tiene que ver con la humanidad.

Y es que la belleza coloca el sentido en la cosa en sí y no en ningún punto ulterior al que conduzca. Aquello que vivimos toma sentido por sí mismo y en sí mismo: por bello, pasa del tiempo a la eternidad, redimensiona todo lo otro que está implicado.

La belleza es capaz de convertir lo objetivamente duro e implacable, en algo amoroso. De detener la mirada que, inquieta, busca más allá para quedarse, sosegada y saciada, en lo que está sucediendo acá. La belleza instiga a liberar el gesto del miedo o el reparo para osar la cercanía.

Una respuesta a lo que nos abruma por terrible —algo insólita, cierto—es optar por introducir una carga de belleza en ello. Una belleza radical, osada, fuerte e intrépida. Cuando no se puede eliminar el dolor, cuando hay que convivir con él y buscarse las mañas para paliarlo, echar mano de lo bello es una apuesta extraña pero llena de posibilidades.

La belleza unge el sufrimiento, ofrece una distracción de él porque atrae a otro lugar existencial. Al de la vida que sigue palpitando a pesar de tanto…

Fotografía: Maria Bori

No hace mucho supe de la existencia de las death doulas, profesionales que acompañan a personas en el momento de su muerte. A veces, cuando intentamos formar para acompañar ciertos procesos de enfermedad, de duelo, de sufrimiento, etc. olvidamos las posibilidades que ofrece generar espacios de belleza en esos contextos. Una belleza con entrañas de compasión.

En esa obra sugerente y rebosante de ternura que es Óscar y la dama de rosa, Mamie Rose propone a Óscar, un niño enfermo de leucemia en su recta final, que viva cada día como si fueran diez años. Gráficamente, con humor y acierto, Eric-Emmanuel Schmitt hace describir a Óscar cómo son las cosas cuando se tienen cien años:

Cuanto más viejos somos, más tenemos que afinar el gusto para poder apreciar la vida. Tenemos que convertirnos en personas refinadas, en artistas. Cualquier cretino puede disfrutar de la vida a los diez o a los veinte años, pero a los cien, cuando uno ya no se puede mover, hace falta usar la inteligencia.”

A veces, edad y circunstancia no van de la mano. Disfrutar de la vida cuando todo va de cara, no tiene apenas mérito: como dice Óscar, cualquier cretino puede hacerlo. Y es más, se demuestra serlo mucho cuando ni por esas se logra sacarle partido a la vida y sentirse bien.

Pero cuando acucian las circunstancias adversas, cuando sobreviene la enfermedad o la edad avanza en achaques y limitaciones, hay que usar la inteligencia, convertirse en artistas, refinarse hasta agudizar ingenio y paladar, si se quiere disfrutar de la vida. Ahí es donde entra la belleza y, con ella, la creatividad.

No es que la belleza dé respuestas a todos los porqués. Pero reubica esas preguntas. Les resta virulencia porque la vida recobra, por unos instantes, lo que nunca deberíamos olvidar y que es lo que la dota de sentido en sí, siempre y en toda circunstancia: que es una ocasión para el amor en cualquiera de sus expresiones. Entonces, la belleza brota por doquier, ungiendo, consoladora, la realidad.

Natàlia PLÁ
Asesora y acompañante filosófica
Barcelona (España)
Agosto de 2017

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4 Comments

  1. Gracias Natàlia por tu bella reflexión, cargada de la sabiduría y la verdad de quien ha visto y oído aquello de lo que habla.

  2. Gràcies Natalia per aquest article. Si hem permets, “el meu comentari” serà copiar unes poques paraules del teu article. La belleza unge el sufrimiento, ofrece una distracción de él porque atrae a otro lugar existencial. Al de la vida que sigue palpitando a pesar de tanto…

  3. consigues para alguien para buscar la belleza. muchas gracias❤️

    1. Rectifico…a los 100 ya no veo muy bien lo que escribo…como te venía diciendo, gracias por tu reflexión…arropar..que palabra tan bella.

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