Situaciones personales límite

Situaciones personales límite

«No es el conocimiento lo que ilumina el misterio. Es el misterio lo que ilumina el conocimiento.» Esta verdad me pone en situación de entender lo que quiero expresar en estas líneas. Porque se trata del misterio de la persona, uno de los mayores que tenemos y que nunca llegaremos a vislumbrar por completo. Hechos a imagen y semejanza de Dios, penetrar en la persona es penetrar en el mundo del espíritu que siempre es único e irrepetible. Por tanto, nunca llegaremos a poder captar perfectamente nuestro conocimiento de un ser humano a pesar de que conozcamos a muchos otros seres humanos.

Victòria Molins: estar y sonreír con todos.
Fotografía: Esther Borrego

Por lo menos, los años y la experiencia te hacen penetrar en el conocimiento de ciertas conductas –nunca en la persona con toda su riqueza y dignidad, a veces escondida– porque las conductas pueden repetirse, la persona, no. Este es uno de los fundamentos de no poder juzgar nunca, porque podremos tener un juicio de las conductas, pero nunca de la persona.

En este momento de mi vida y de experiencia acumulada, vienen a mi memoria algunas de las personas que estoy tratando con una relación de amistad –que no terapéutica como profesional– pero sí de acompañamiento como proceso educativo.

Hablaré de dos casos que en este momento son motivo de gran sufrimiento no tanto por buscar alcanzar metas, como por curar heridas. He ahí la gran dificultad y el terrible shock del misterio humano.

Sin familia que lo educara y le diera cariño e incluso sin unos padres que lo mimasen en su primera infancia, creció en la calle. Desde pequeño, su entorno fue la droga. Luego llegaron los años de internamientos: en centros de menores, en la cárcel y en un piso de rehabilitación al salir de la prisión.

Desde fuera es fácil juzgar por parte de todos aquellos que tienen ocasión de acercarse a él viendo sólo sus conductas: las mentiras, las recaídas, las peleas y los robos cuando tiene ocasión. Desde el punto de vista de la ley no es difícil clasificarle e incluso juzgarle, puesto que ha incumplido unas normas, unas leyes y puede hablarse de delitos. ¿Quién osaría hablar de culpa? Yo, por lo menos, nunca me atrevo. Tendremos que trabajar para conseguir que esta persona adquiera nuevos hábitos, que serán muy distintos de los que la vida le ha acostumbrado a practicar. Poco a poco, quizás veamos cambios exteriores en sus conductas, se irá amoldando a lo que le conviene para convivir sin demasiados problemas, sin sufrir por las consecuencias de sus actos. Pero, ¿cómo penetrar en su interior y averiguar todo lo que está pasando por su mente y su corazón, por sus pensamientos y sus sentimientos?

A menudo ni los cursillos de la prisión, ni los programas terapéuticos que sigue –porque solo eso le asegura los permisos penitenciarios–, consiguen aquel cambio interior que hace que la persona se serene, viva en paz consigo misma y aumente su autoestima.

Fotografía: Esther Borrego

Mis conversaciones con una persona así en la cárcel son un ejemplo de esta impotencia para penetrar en el misterio de dolor, de desánimo, de angustia que me manifiesta, casi sin palabras, con un desgarrado: «¡Ya no puedo más!»

En ese momento, los consejos y las consideraciones –lo tengo claro–  no sirven de nada. El silencio, el abrazo sincero y una pequeña demostración de que tiene valores que ni siquiera él mismo ha descubierto, es lo único que yo sé hacer y que me da un mínimo de resultado. El hecho de no poder salir de una situación, sentir la propia impotencia como una carga insoportable, es una de las sensaciones más angustiosas del ser humano. Y si esta va cargada de culpa, de una culpa que se agarra al alma como una hiedra —nada tan pegajoso—, atormentándose a sí mismo, puede devenir desesperación que, a mi entender, es la pasión más fuerte de la persona y el desencadenante de tragedias que nos cuesta entender.

Siempre recordaré lo que me dijo una mujer, angustiada por el maltrato psicológico y físico de su pareja después de oír en el informativo uno de esos delitos que estremecen: el de una mujer que mata a sus hijos. Estas fueron sus palabras, que me hicieron hacerme cargo de algunas situaciones: «Mira, cuando oigas que una madre ha matado a sus hijos, no digas nunca que es una madre desnaturalizada; piensa que es una madre desesperada que no quiere para sus hijos lo que ella está pasando.»

Santa Teresa narra, con su maestría para describir situaciones interiores, lo que sintió en una ocasión —o Dios le manifestó— de lo que podía sentir un condenado; son las palabras más parecidas que conozco a las que escuché a un drogadicto con síndrome de abstinencia: «Esto (el dolor corporal) no es nada en comparación del agonizar del alma, un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible y con tan desesperado y afligido descontento, que yo no sé cómo encarecerlo. Porque decir que es un estarse siempre arrancando el alma, es poco; porque aún parece que otro os acaba la vida, más aquí el alma misma es la que se despedaza.» (Vida, 32)

Fotografía: Pixabay.com

Hay todavía otro dolor interior del alma que es difícil de erradicar en la persona atormentada, es el de las heridas que otro ha causado en lo más sensible de la persona: me refiero a la violación o al abuso. Arrancar el dolor de aquella alma herida en lo más hondo de su ser es dificilísimo. Hay una tendencia a sentirse culpable de tal modo que vuelven al recuerdo y al hecho demasiado a menudo, impregnando de dolor y de impotencia, toda su vida. He acompañado a más de una mujer en estas circunstancias y he conocido una carga de dolor insoportable. Y si el caso tiene lugar en el seno de la familia, se añade un grado más de dificultad, porque no se sienten con el valor necesario para «denunciar» ni, incluso, para alejarse sin un sentimiento de culpabilidad terrible.

Lo más doloroso es que en nuestra sociedad hay mucha gente con situaciones trágicas, y no tanto por circunstancias como las descritas, que son casos límite, sino por la falta de oportunidades que es una de las cosas que más me preocupan. No tener oportunidades –laborales, emocionales, sociales, económicas, de formación, etc.–, crea situaciones que llevan en sí mismas la semilla de la autodestrucción mediante las drogas, el alcohol o cualquier otra adicción.

Los que, como mínimo, creemos en el valor de la persona humana, deberíamos tomar muy en serio aquel consejo de San Pablo que tanto recomendaba el Concilio Vaticano II: «Los creyentes hemos de dar razón de nuestra esperanza. (1 Pe 3,15)»

Victòria MOLINS GOMILA
Teresiana
Barcelona (España)

Artículo publicado en la revista RE edición en catalán, n. 85, enero 2016

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