Secularización débil

Secularización débil

Los atentados con trasfondo religioso que con macabra periodicidad atacan nuestras calles y rompen nuestra ya frágil cotidianidad, nos obligan a reflexionar sobre la relación entre la cultura occidental y las otras culturas, entre las diferentes maneras de entender la relación entre los estados y las religiones, y también entre democracia y autoritarismo. La religión es una dimensión de la geopolítica y no se puede soslayar. No es la madre de todos los problemas ni es la panacea que lo remediará todo aquí y ahora. 

Marco Rizzi, en La secolarizzione debole: violenza, religione, autorità afirma que “Dios persiste”. Este profesor de la Universidad Católica de Milán cree que debemos hacer una reflexión cultural y no policial de los actos violentos vinculados a la religión. La respuesta militar, que para algunos tiene efectos radicales inmediatos, es inútil a largo plazo. Los desafíos siguen estando ahí. Los profetas del secularismo que vaticinaban la irrelevancia y debilidad de las religiones, se han equivocado. 

La secularización entra masivamente en nuestro vocabulario a partir de 1684 con la paz de Westfalia, que pone fin a la Guerra de los 30 años, el más sanguinario de los conflictos recientes entre católicos y protestantes. Pero es Max Weber quien usa el término, unido a desencanto y racionalización, para explicar cómo el ser humano va dejando atrás explicaciones mágico-religiosas de la realidad, en favor de visiones basadas en la racionalidad y la ciencia. Después de Weber los estudiosos han centrado la atención en las implicaciones políticas de la secularización y de la desaparición de lo religioso del contexto público. Habermas propuso pensar la sociedad en términos post-seculares. Es consciente de que la religión no ha desaparecido, y la insta a dialogar en un debate público con la modernidad. Las religiones pueden contribuir a ese debate, pero les suele faltar una pieza: que esta confrontación pública también les marque en su interior. Deben ser permeables al ambiente.  A veces el hermetismo las hace insensibles a los signos de los tiempos. 

Las religiones continúan estando allí, dan sentido a millones de personas. No estamos ante religiosidades debilitadas, sino ante nuevas maneras de entender el hecho religioso en la sociedad. Lo que es débil es una secularización mal entendida y un laicismo que ha hecho rebrotar las identidades más radicales. Sería reduccionista ver la religión tan solo como una adhesión a un sistema de ideas y prácticas. Hay una función social como elemento cohesionador y de legitimación de valores en torno a los cuales hay comunidades que viven y se organizan.

Es cierto que en Occidente, en particular en Europa, la secularización no ha pasado inadvertida. Las religiones han perdido relevancia pública; lo religioso se vive de manera menos estructurada y hasta los sociólogos de la religión la califican de práctica marginal y subcultura.

La teoría de Rizzi es que la secularización funciona solamente si se asume el cristianismo como modelo de referencia de religión. Es decir, que si hablamos de la presencia de otras religiones que no sean la cristiana, el paradigma de la secularización no funciona.

Dios persiste
Las religiones continúan presentes, dan sentido a millones de personas

Con el cristianismo se han estructurado algunos principios de autoridad (de la Revelación, de la Tradición, de la jerarquía), pero también instancias críticas (reflexión y hermenéutica bíblicas, teorías sobre la autoridad), que garantizan legitimidad a la racionalidad del individuo en relación con sus propias creencias. Aplicar a todo tipo de realidad los modelos interpretativos derivados de la historia europea es caer en una forma de colonialismo cultural que distorsiona los fenómenos. Los modelos de relación entre religión y esfera pública elaborados en Occidente (laicidad francesa, el muro de separación de los EUA, el modelo de integración alemán, el multiculturalismo británico) hoy no son un modelo eficaz. En el fondo estamos hablando de la crisis del eurocentrismo y del futuro del humanismo europeo (un futuro en el que creo). 

El sociólogo canadiense Charles Taylor ve la secularización como una progresiva adquisición de legitimaciones sociales y culturales de las concepciones explícitamente ateas y agnósticas. La religión no es un interlocutor privilegiado ni un actor irrelevante. La sociedad debe reconocer la existencia de las religiones separando bien lo sagrado y lo secular. Separando. No negando ni aniquilando. Y siendo conscientes de que las religiones deben saber dar razón de su esperanza, y que las sociedades son polifónicas e incluyen creyentes y no creyentes. Creer en Dios es aún significativo, y no sólo las religiones deben adecuarse al debate público, aunque esto sea para ellas sano y benéfico.

(Este artículo fue publicado por primera vez en El Punt Avui el 2 de abril 2018)

Miriam DÍEZ BOSCH
Directora de l’Observatori Blanquerna de Comunicació, Religió i Cultura
Barcelona, mayo 2018

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