Aprender a bien querer

Aprender a bien querer

Pilar de la autoestima

En los últimos años se han multiplicado las publicaciones, cursos y conferencias que se desarrollan alrededor del tema de la autoestima. Tal vez eso no sea ajeno al contexto sociocultural circundante, tremendamente interesado en la denominada «calidad de vida». Siguiendo esa intuición, podríamos considerar significativo que las personas perciban que sentirse a gusto consigo mismas es una base adecuada y hasta necesaria para poder disfrutar de dicha calidad de vida. En último término, se hallaría relacionado con la capacidad de disfrutar de la mera vida en sí, independientemente de las circunstancias que la rodeen.

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De otro lado, podemos inducir de esa misma proliferación de materiales sobre la autoestima, que buen número de personas andan poco o nada conformes con su modo de ser. Y, en la otra cara de la medalla, que otros tantos se relacionan con sus semejantes desde las premisas del no aprecio y la no aceptación de su concreta forma de ser. La materia prima para el conflicto, personal y social, está servida.

La autoestima tiene mucho de adecuación a la realidad y casi nada de esa tendencia a la sobrevaloración a la que coloquialmente se la asocia. Tener la autoestima alta no debería ser sinónimo de convencimiento de que uno es poco menos que la octava maravilla del mundo. En puridad, podríamos decir que todo ser humano, por el mero hecho de existir ya es esa maravilla; sin necesidad de que le adornen unas u otras condiciones. La autoestima pasa por ser capaz de valorar la desnudez de la existencia en sí misma. Las «22 historias clínicas —progresivas— de realismo existencial» de Alfredo Rubio terminan diciendo: «Y… quizá te diría que para ser digno de amor, basta casi sólo con existir… Con existir realmente.»

De ahí que no coincidamos con esas pseudoterapias para el aumento de la autoestima que en aras de un supuesto crecimiento personal abonan comportamientos egocéntricos, inmaduros o insolidarios. Autoestimarse no supone convertirse en el único centro del universo. Amarse bien no implica considerarse casi lo único digno de ser amado. Ser considerados consigo mismos no implica no serlo con los demás. El verdadero crecimiento humano de la persona pasa por ser capaces de considerar que todos somos centros en este mundo y realidad que compartimos. Por tanto, centros relativos con capacidad de descentrarse de sí mismos para admitir en determinadas circunstancias al otro, que, a su vez, también es un centro relativo. Es decir, todos somos tremendamente importantes al tiempo que todos somos igualmente precindibles. En un mundo donde la estructura de red se extiende a cada vez más aspectos, la autoestima pasa por reconocerse un nudo de esa red; un nudo de los muchos que la constituyen y la hacen ser lo que es. Todos importantes pero todos contingentes.

Desde esta premisa podemos también reubicar los conceptos a los que se asocia la autoestima. Esta tiene que ver con el aprecio, con la valoración, con el ajustamiento. Por supuesto que también tiene que ver con un tipo de amor; en el fondo, casi todo en esta vida tiene que ver algo con ello. Pero en absoluto remite a ningún tipo de amor ciego. La autoestima es tremendamente realista. Aprecia aquello que es por el hecho de ser y por ser precisamente así, del único modo que le es posible a cada uno. La autoestima es un modo de acercarse a la propia realidad —también a la ajena— y quererla en lo que es, tanto en sus grandezas como en sus pequeñas miserias. Es una justa valoración, o sea, una valoración llena de justicia que no es otra cosa que conformidad al ser.

Sí, la autoestima tendría mucho que ver con una aceptación afectiva de la realidad. Y también con la generación de valores, esas cualidades positivas que hacen estimable una realidad —por tanto, también una persona— y la hacen considerar beneficiosa para toda la sociedad.

Por todos estos argumentos expuestos, se comprenderá que en este monográfico dedicado al tema huyamos de la banalización de este concepto, de la simplicación un tanto burda en la que se cae cuando se intenta edulcorar la realidad como si de una estrategia de marketing se tratara. No hay que vender el producto de nuestra persona. No hay que disfrazar engañosamente la realidad para que sea digna de ser amada; se trata de adquirir la madurez suficiente para ser capaces de amar la verdad de lo que somos, personal y socialmente.

Elena GIMÉNEZ y Natàlia PLÁ
Publicado en RE 63

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