Cultivar el jardín interior

Cultivar el jardín interior

Estar con uno mismo es inevitable. Incluso aunque a veces quisiéramos huir o aturdirnos para no entrar en ese microclima que llamamos interioridad porque no siempre lo encontramos confortable. Y eso se nota en nuestras relaciones con los demás: cuando tenemos el espacio interior oscuro, desordenado, confuso, surgen la tristeza, el mal humor, la agresividad, la indiferencia.

Pues bien, me parece que podríamos ver esa interioridad nuestra como un jardín. Un espacio que debemos cuidar y mantener bonito, limpio, acogedor. Aireado y libre, pero a la vez suficientemente cultivado. ¿Cómo hacerlo?

En primer lugar uno debe ser capaz de detectar cómo se encuentra por dentro: si hay desasosiegos e inquietudes, preguntarse el por qué; en otras palabras, hacer una especie de diagnóstico básico para poder orientarse sobre qué hacer. La inquietud, la tristeza, el desencanto y la frustración suelen ser compañeros de camino en la vida cotidiana, pero no conviene instalarse en ellos como estado permanente porque son muy destructivos. De ahí viene el estrés, el desgaste, las enfermedades psicosomáticas. Y porque en realidad ante las mismas circunstancias, podemos situarnos de otra manera para modificar precisamente ese clima interior. Cambiar la mirada, las claves de lectura, puede ayudarnos a modificar las vivencias y los sentimientos por dentro.

Descansar hacia dentro
Crear un clima interior sano y acogedor                                                                                   Foto LSM

Nuestro corazón en el fondo no nos miente. Seamos sinceros con nosotros mismos. Podemos ir detectando las fuentes de ese desencanto y afrontarlas, buscando salidas posibles, enfoques distintos que nos ayuden a sobrellevar de otro modo una situación, solicitando a alguna persona de confianza el diálogo que nos pueda reenfocar la situación buscando oportunidades de crecimiento.

En segundo lugar, pienso que hay que cultivar en uno mismo actitudes sanadoras como la benevolencia, la paz y el perdón, indispensables para cambiar ese clima interior. Cuando uno sobrecarga su mente y su corazón con resentimientos, odios, deseos de venganza, se va marchitando la vida por dentro. Es necesario sanar. No porque cambien las circunstancias, sino porque uno las asume de un modo nuevo.

Sinceramente no soy partidaria de lo que se ha banalizado como «psicología positiva» cuando se reduce a repetir infantilmente frases que nos ilusionan con situaciones irreales: «yo puedo todo», «basta que me decida». No suele ser así. Pero lo que puedo, eso debo hacerlo. Lo que está en mi mano, es mi responsabilidad. ¡Adelante entonces! Me parece que el auténtico cultivo de una interioridad sana, debe basarse en lo que realmente somos y vivimos, sin infantilismos ni vanas ilusiones, sólo que abiertos a mirar por segunda vez, buscando salidas y oportunidades.

Recurrir por supuesto a la espiritualidad personal, a aquello en lo que creemos, es un recurso vital aunque no todas las personas lo tienen. La ayuda de lo alto, o la vivencia que se tiene de no estar solos, son elementos muy importantes para recrear un ecosistema vivo dentro de uno mismo; al fin y al cabo no nos dimos nosotros la vida, y abrirse a ese «alguien» que nos la sigue dando puede ser clave para ajardinar nuestro interior. La gratitud hacia ese Ser, o hacia el universo y la materia, por la vida recibida, es un elemento básico de este proceso de saneamiento interior.

Finalmente, demos un paso más y cultivemos la alegría, el entusiasmo, la empatía. Pongámonos a favor de nosotros mismos cuando surgen estas vivencias, pues son unos grandes aliados de la salud interior y de las relaciones humanas. Nuestro jardín interior puede ser entonces un gran remanso de paz donde descansar por las noches, o donde entrar cuando estamos en soledad y silencio. ¡Entonces sí que reparamos fuerzas!

Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga y doctora en comunicación
Madrid, junio 2019

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