Las drogas en nuestra sociedad

Las drogas en nuestra sociedad

Segunda parte del artículo que apareció en la edición de febrero de 2020

Otros factores

El desconocimiento de sus nefastas consecuencias también fue motivo de uso extendido. De todos es sabido que el mismísimo Sigmund Freud fue un destacado defensor de la cocaína para tratar la adicción al opio y derivados (láudano, heroína, morfina), hasta que él mismo se enganchó a ella.

Pero el mayor motivo que precipitó e instauró el comercio mundial de drogas fue, claro está, el dinero. A éste, le acompañaron diversos factores vinculados al progreso, que facilitaron la creación de uno de los mercados más lucrativos. A saber:

los adelantos en las técnicas agrícolas, con los que se consiguen vastas cosechas en lugares en los que ni se conocía un producto que, hasta ahora, había sido propio de otros rincones del mundo;

los modernos procesos de industrialización, que permiten fabricar grandes cantidades de sustancia con un coste más que rentable y unas ganancias millonarias;

«Los químicos inventan o descubren sustancias estupefacientes diferentes con un promedio de una al mes,
las cuales pasan a comerciarse y a consumirse sin que tengamos estudios que puedan advertirnos
de sus consecuencias a corto, medio o largo plazo para la salud de quien las toma.»

los nuevos conocimientos químicos consiguen extraer alcaloides y otros componentes de las plantas, con potentes efectos psicoactivos, o, incluso, modificarlas genéticamente para obtener una síntesis con mayor potencial de abuso, es decir, que enganche más. (Algo que viene estilándose entre los productores y vendedores a gran escala, es sumergir las hojas del cánnabis en heroína líquida, con lo que la marihuana o el hachís resultante para el consumo, aumenta su capacidad para enganchar al fumador).

Los avances en los transportes y otros medios de comunicación, rápidos, seguros, grandes, que permiten distribuir la mercancía allí donde se requiera y entablar contacto con compradores y consumidores de todo el mundo;

un mercado con gran potencial constituido por una clientela ávida de consumir para experimentar y vivir en esas sensaciones y emociones que tan sólo las drogas saben darte (esa sociedad insatisfecha propia de los países industrializados o de aquellos que emergen económicamente);

las desigualdades sociales, en cuanto que el consumo de drogas parece iniciarse y hacer mayor daño en aquellos sectores de la población más desfavorecidos aunque, a día de hoy, es un fenómeno que afecta a todas las clases sociales aunque, probablemente, no por igual;

los vacíos legales de muchas administraciones y la falta de consenso entre los estados han sido aprovechados por los narcotraficantes para comerciar a sus anchas durante mucho tiempo, el suficiente para que pudiesen construir imperios que se enfrentan a los propios estados;

la ineficacia de las medidas practicadas para erradicar su mercado;

el uso que muchos gobiernos, ejércitos o grupos revolucionarios o paramilitares han hecho y hacen de las drogas para pagar deudas, conseguir armas o alterar el equilibrio social de sus enemigos;

el miedo a la muerte es un factor que juega a favor del tráfico: sus comerciantes se han hecho tan fuertes que ponen en jaque a gobiernos y otros poderes fácticos, pudiendo asesinar a cualquiera que se interponga en la consecución de sus intereses (periodistas, activistas por los derechos humanos, madres que denuncian a los cárteles, políticos que se enfrentan a ellos, etc.);

la banalización del consumo. Frases que importantes personajes públicos dejan en entredicho el rigor a la hora de valorar los peligros que las drogas entrañan: “Por fumarse un porro no pasa nada”, o “A mí nadie tiene que decirme las copas que puedo o no puedo beber” (refiriéndose a las restricciones del uso de alcohol a la hora de conducir). Incluso muchos expertos meten la pata, desde mi punto de vista, cuando sugieren qué cantidades tienen que tomarse y con qué frecuencia para no tener problemas con la sustancia. Es probable que tengan razón: si la persona es capaz de limitarse a tomar esas cantidades, no terminaría siendo toxicómana. Pero, precisamente, lo que resulta imposible a un sinfín de personas es ajustarse a dichas cantidades. Es la adicción un estado del ser humano más vinculado a sus emociones que a su parte racional, y la Matemática, por muy exactos que seamos en los miligramos que se consuman, es muy pero que muy racional.

La reacción de algunas administraciones

Podríamos afirmar que las drogas empezaron a manifestarse como problema social, cuando la planta originaria salía de su entorno propio, de su hábitat natural, se exportaba y se establecía en otras culturas y latitudes donde, hasta ese momento, se trataba de un producto prácticamente desconocido, y en las que se desvirtuó su utilización genuina para usarla con fines comerciales, hedonistas y lúdicos. Y este proceso de deslocalización se desarrolló a finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX, período en que  empiezan a ser sometidas al control de las leyes prohibicionistas de los gobiernos, como el de EEUU, China, etc., y a la regulación desde el ámbito sanitario. Muchas sustancias dejaron de autoprescribirse para tan sólo ser utilizadas por indicación médica, y su comercio, tenencia y consumo empezaron a criminalizarse, en especial, los de el opio, la cocaína y el cánnabis. Mucho más laxo fue el control sobre las anfetaminas, los barbitúricos y, más tarde, las benzodacepinas, productos descubiertos más tarde y cuyo consumo ha tomado igualmente proporciones de epidemia.

Actualmente, la OMS, con el consenso de muchos estados, declara explícitamente las sustancias que suponen un riesgo para la salud de las personas y para la integridad y cohesión social. Y cada gobierno adopta la postura que considera adecuada para tratar la cuestión. Algunos países, como Uruguay, y estados de USA, han legalizado el consumo de marihuana. En otros, se permite su consumo en locales específicos, como las asociaciones cannábicas en España. Pero estamos muy lejos de plantearnos la legalización de la heroína o la cocaína, por ejemplo, cuyo consumo no está penalizado en nuestro Estado pero sí ser propietario de plantaciones, el comercio y la tenencia a partir de ciertas cantidades. En otros lugares, el consumidor es un delincuente.

Hoy en día, el consumo de infinidad de sustancias adictivas se extiende a nivel mundial, y nada nos hace pensar que estemos cerca de alguna solución para paliar sus devastadoras consecuencias. Eso sí: el trabajo de muchos especialistas (educadores, psicólogas, psiquiatras, enfermeros, trabajadores sociales, integradores, insertores, etc.) en el abordaje de las toxicomanías, llevan a cabo plausibles trabajos en beneficio de la prevención y el tratamiento de las adicciones. Muchas personas consiguen dejar las drogas y vivir sin ellas: su esfuerzo y el apoyo social son imprescindibles.

Hoy, las drogas

Una de las prácticas sociales que se le ha dado recientemente a las drogas es la creación de los ejércitos de niños soldados. En África o en otros lugares del planeta en que la guerra es el pan nuestro de cada día, se militariza a menores de 9, 10, 11 años, drogándolos y aterrorizándolos para que no incumplan con su cometido (matar) ni deserten. Son blancos difíciles para el enemigo (son pequeños), levantan menos sospechas que un adulto, su tamaño les permite introducirse por lugares inaccesibles para los más grandes, comen poco, se quejan menos que los mayores, sus conciencias (infantiles e intoxicadas con cocaína, anfetamina, o cualquier otra sustancia) no llegan a concebir el horror de lo que hacen (aparentemente), y las armas son cada vez más ligeras, por lo que no les resulta problema poder llevarlas y utilizarlas con rapidez y eficacia.

En otros lugares desfavorecidos, los más pequeños ven en los narcotraficantes modelos a seguir e imitar. Elegantes, poderosos, ricos, respetados. Quieren ser como ellos, tener lo que ellos tienen (coches, oro, mansiones, sexo), y no dudan en alistarse en sus cárteles o la mafia, como sicarios, haciendo uso de las drogas para cometer crímenes y otros desmanes, cuando son adolescentes.

Mientras, en los países más desarrollados de Occidente, muchos de nuestros jóvenes practican el botellón todos los fines de semana, como reflejo de lo que hacen los adultos: consumir alcohol en las fiestas importantes o, simplemente, cada día, en el bar o en casa, después de la jornada laboral. Pensemos que el mayor número de demandas de tratamiento en los centros especializados, es para atender casos de alcoholismo, en muchas ocasiones combinado con cocaína o benzodiacepinas.

Los químicos inventan o descubren sustancias estupefacientes diferentes con un promedio de una al mes, las cuales pasan a comerciarse y a consumirse sin que tengamos estudios que puedan advertirnos de sus consecuencias a corto, medio o largo plazo para la salud de quien las toma.

Las pepas, o pastillas de éxtasis, provocan cuadros de ansiedad que dan con el consumidor en Urgencias hospitalarias todos los viernes y sábados por la noche.

España es el estado europeo en que más ansiolíticos consumimos, y muchas de esas personas han pasado de hacer un uso terapéutico a un abuso adictivo.

En un hospital de Barcelona, que dispone de 38 camas en su planta para adolescentes y jóvenes exclusivamente, tiene 33 ocupadas por chicos y chicas que sufren sintomatología psicótica provocada por el consumo de marihuana o hachís.

Y a todos estos datos, que confirman la gravedad de esta práctica, se suma la cada vez más temprana edad de consumo. Con 12 o 13 años, hay personas que se inician en el tabaco, el alcohol, el cánnabis o las colas de impacto. Son cerebros muy jóvenes, en estado de construcción y maduración, muy vulnerables, que se intoxican con productos que interrumpen y contaminan ese proceso de desarrollo y la configuración de esa parte, el córtex prefrontal, centro de operaciones de todas las funciones ejecutivas. Las técnicas de neuroimagen muestran diferencias significativas entre el funcionamiento del cerebro de una persona consumidora y el de alguien que jamás las ha tomado. Alumnos que no pueden terminar sus estudios por el abusivo consumo de hachís o marihuana (fracaso escolar), que afecta a su capacidad de atención, de concentración, a la memoria e, incluso, al cociente intelectual, según prueban algunos estudios. Jóvenes depresivos, desmotivados, en los que desaparece cualquier interés exceptuando el del consumo. Claro: otro asunto a tratar sería los motivos que empujan a estas personas a consumir. Ya tenemos tema para otro artículo.

La trampa

Las drogas, en un primer momento, cuando empiezan a conocerse, pueden facilitar la socialización a muchas personas tímidas, inseguras, acomplejadas o, de alguna forma, incompletas (así es como se consideran, aunque no sean conscientes de ello). Te lo hacen pasar bien, divertirte, disfrutar. Un par de copas de más me pueden hacer sentir más valiente para acercarme a una chica que baila en la pista de la discoteca. Si me fumo unos porros, ese grupo de coleguitas tan enrollados me acogerá. Además, cuando fumo se me ocurren unas cosas que hacen reír a los demás y me ven divertido. Al tomarme unas pastillas, puedo pasarme toda la noche bailando sin parar. El speed me permite estar toda la noche conversando de temas interesantes con mis amigos y pasármelo de estupendamente. Con unas rayas de coca me convierto en el rey del mambo: soy capaz de todo y me como el mundo. La heroína consigue que pueda pensar en las cosas tristes sin que me duelan, y pasar un buen rato tranquilo con mis colegas.

«La persona sufre limitaciones, incomodidades, malestares, síntomas,
que entorpecen sus potenciales y restringen sus habilidades.»

Estos son algunos ejemplos de lo que la sustancia nos puede aportar, entre otras muchas sensaciones. Digamos que, al principio, muchas personas que las prueban se encuentran con la experiencia de sentirse como una versión mejorada de sí mismos. Y esta sensación resulta muy atractiva y gratificante, hasta el punto de desear repetirla de manera compulsiva.

Con el transcurso del tiempo, ese primer momento de socialización se corrompe a medida que el consumo va en aumento, en frecuencia y cantidad, y la persona obtiene ese placer exclusivo e imprescindible únicamente con la droga, sin necesidad del otro, por lo que éste empezará a ser prescindible, y la tendencia de buscar al grupo para pasar un rato agradable y divertido irá perdiendo fuerza a la vez que la droga se va consolidando como única vía para acceder al placer, y en el sujeto se instaura un individualismo que persigue un único fin: revivir esa satisfacción. Muchos adictos terminan solos, por las calles, buscando dinero o al camello, habiendo quedado en el pasado aquel grupo de amigos divertidos y alegres con los que empezó a consumir para vivir nuevas experiencias, por curiosidad, o porque todo el mundo lo hacía. Ya no queda rastro de aquellos intereses deportivos, culturales, artísticos, etc. que la persona practicaba, porque la droga termina pervirtiendo todo tu tiempo, toda tu motivación, toda tu ocupación, todo tu espacio, toda tu voluntad, todo tu criterio.

Sus consecuencias se miden por su mortalidad, su morbilidad y sus años de vida perdidos por incapacidad. Y se estigmatiza al consumidor asociándolo con la violencia y la inseguridad ciudadana. Un error común en que incurre la sociedad es el de no hacer distinción entre las diferentes sustancias, de tal manera que todas se consideran igualmente perjudiciales, la droga, sea cánnabis o sea heroína, cuando las consecuencias de un consumo habitual y abusivo del primero, no suele presentar el mismo grado de gravedad y deterioro que padece el consumidor de heroína o cocaína, aunque todos ellos requieran de un tratamiento especializado.

Algunos analistas, sociólogos, etc. hablan de la cultura del cánnabis. Una cultura en la que los grupos se socializan, se encuentran, en torno al consumo como acto común y compartido. Y no dudo de que muchas personas, en efecto, generan sinergias, espacios, lugares, convivencias, valores, etc. que surgen desde dicha práctica. Pero no es así para todos.

En muchas ocasiones, el consumo de cánnabis termina siendo un calvario por el ingente número de consecuencias negativas que provoca: dependencia, cuadros de ansiedad, brotes psicóticos, síndrome amotivacional, etc. En este caso, no podemos decir que sea una herramienta de socialización.

En otras, los porros se consolidan como primer peaje de una autopista que te conduce a otras drogas, con las que podrás, o no, tener problemas. Y digo “o no” porque debemos entender que no toda persona que consume drogas es adicta o tiene problemas, ni mucho menos. Hay quienes las dejan hayan o no empezado a ser un problema. O quien es capaz de consumirlas esporádicamente, sin engancharse a ninguna. Mas es cierto que se registra otro colectivo muy numeroso para el que sí termina suponiendo, antes o después, motivo de disgustos, preocupaciones, inconvenientes, contrariedades, impedimentos, etc. en su día a día, y, en el mejor de los casos, de demanda de tratamiento. Se cree que 2 de cada 10 adolescentes que consumen regularmente cánnabis, tendrán problemas de adicción. Algunos, lo abandonarán. Pero en este dato no registramos cuántas personas pasarán a otras drogas, se engancharán a ellas y serán también adictas.

El futuro de las drogas

El panorama no es nada alentador. De hecho, venimos tiempo diciendo que el siglo XXI será el de las enfermedades mentales y, sin duda, en muchos casos estará presente el consumo de drogas como causa desencadenante, como precipitante o hábito adjunto, como medida paliativa de los síntomas de la enfermedad mental o del trastorno, sea éste de la naturaleza que sea, o será la adicción el trastorno que se diagnostique como primario.

Tanto la adicción como cualquier forma de trastorno (de la personalidad, del ánimo, de la conducta, psicosis) puede afectar al estado anímico, la motivación, la capacidad para comprometerse o de asumir responsabilidades. La persona sufre limitaciones, incomodidades, malestares, síntomas, que entorpecen sus potenciales y restringen sus habilidades. Sin duda, las tienen. Y pueden hacer muchas cosas a pesar de sus dificultades. Pero esto no siempre es así. En demasiadas ocasiones los afectados empeoran y sus posibilidades para que contribuyan con sus saberes o para que compartan sus virtudes con el otro social disminuyen considerablemente. Es una pérdida que, de alguna manera y en mayor o menor medida, empobrece eso que llamamos capital humano y que no es otra cosa que la sociedad.

Sin embargo, también barrunto que, en este incipiente siglo de prisas, competitividad, paro, precariedad, ansiedad, insatisfacción, masificación, individualismo, insolidaridad, soledad, carencias, conflictos, miedos, novedades vertiginosas, inventos y descubrimientos sorprendentes, etc. habrá quien hará un uso íntimo, personal, dosificado y regulado de aquella o aquellas sustancias que alivien su desazón, como una práctica de supervivencia y afrontamiento de un entorno que se nos hace temporalmente hostil, de tal manera que, el sujeto, habiendo percibido ciertos malestares en su ánimo, decidirá tratarse con aquel producto que responda más a su necesidad de alivio. Se lo prescribirá, se lo dosificará, se lo administrará y dejará de hacerlo cuando se sienta mejor, y así hasta que la ansiedad, el desánimo, la desorientación o cualquier síntoma discapacitante vuelva a manifestarse. De hecho, no dejan de trabajar para dar con la droga que sea capaz de mejorar nuestro estado del ánimo sin que nos enganche y acabemos siendo prisioneros y esclavos de ella. Una de estas sustancias es el modafinilo, aunque ya tiene sus detractores.

Su buen y mal uso, siempre estará aquí

A lo largo de la historia, el uso de las drogas se ha ido pervirtiendo hasta mostrarnos sus dos caras: muchas personas se han divertido muchísimo bajo sus efectos, y han experimentado sensaciones difíciles de encontrar en otros estímulos. Bajo su influjo, artistas nos han congratulado con grandes obras, por ejemplo, y se utilizan con excelentes resultados en Medicina, para tratar dolencias.

También ha terminado con infinidad de vidas jóvenes, y no tan jóvenes, y con la salud de un ingente número de personas.

Enriquece a unos. Arruina a otros. Ayuda a enfermos, y enferma a quienes no la controlan. Despierta el ingenio, destruye personas.

Lo más probable es que, si no las tomas nunca, te ahorrarás muchísimos y muy serios problemas.

Las drogas han catapultado a muchos sujetos a encumbrarse en las más altas cimas del poder y del horror. El alcoholismo de su padre marcó de por vida a Stalin, uno de los mayores genocidas de la historia. Theodor Gilbert Morell, un galeno de familia especializado en enfermedades venéreas, fue el médico de una de las personas más significativas del siglo XX, probando en ella hasta 84 tipos de sustancias que le energizaban y dinamizaban en sus discursos, estrategias y decisiones en su momento álgido, y le ayudaban a dormir, despertarse, levantarse y mantenerse en pie cuando se inició la debacle de su imperio. Ese sujeto no era otro que Adolf Hitler.

Visto así: ¿Son o no son las drogas un problema social?

Antonio CALERO BAUTISTA
Educador social especializado en salud mental y adicciones
Barcelona (España)
Mayo del 2020

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