Teletrabajo: equilibrar tiempos y espacios

Teletrabajo: equilibrar tiempos y espacios

Algunos de quienes tenemos el privilegio de trabajar en tiempos de pandemia, lo hemos hecho a distancia, vía digital. Tras dos meses largos de confinamiento, tenemos una cierta perspectiva para poder describir la mezcla de satisfacción y fatiga que muchos de los teletrabajadores experimentamos.

Satisfacción, porque hemos podido compartir mucho más con la familia; nos ahorrarnos las horas de transporte, estamos más presentes en casa a lo largo del día, y quienes tienen niños o abuelos los han visto quizá más que nunca antes, es más fácil asumir algunos imprevistos domésticos estando físicamente en casa.

Fatiga, porque en muchos casos se ha intensificado la carga laboral y no hemos sabido gestionar la infinidad de reuniones virtuales que se multiplicaban hasta invadir tiempos de comida y de descanso. No ha sido fácil afrontar la incertidumbre; empresas y organizaciones han visto morir sus fuentes de ingresos habituales y han tenido que reinventarse a toda velocidad a partir de las tecnologías de comunicación, ofreciendo nuevos servicios y nuevas formas de cercanía a sus clientes para no perderlos. Todo ello de manera casi improvisada y sin posibilidad de planearlo.

Trastocados por el confinamiento

En períodos normales, nuestra vida transcurría más o menos rítmicamente distribuida en unos tiempos y espacios adecuados para cada tipo de actividad y en los círculos concéntricos de relación con las personas que tratamos.

Esos círculos concéntricos en los que se desarrolla nuestra existencia son cuatro ámbitos antropológicos distintos: la intimidad individual (cuando estamos solos), la intimidad compartida (pareja, familia inmediata), el entorno comunitario, educativo, laboral o profesional (familia extendida, relaciones de trabajo o escuela y grupos sociales cercanos), y el entorno ciudadano, en el que participamos cuando habitamos los espacios públicos, usualmente con desconocidos.

El entorno físico marca en gran medida nuestro comportamiento en cada uno de esos ámbitos. Al salir a la calle o llegar al lugar de trabajo, realizamos automáticamente la conducta adecuada. ¿Qué pasa cuando todo ocurre en el mismo espacio hogareño? El confinamiento trastocó los espacios, y por ello también desequilibró nuestro sentido del tiempo. La intimidad familiar se vio afectada al superponerse nuestro tiempo/ámbito familiar con el educativo y profesional, todo dentro del mismo lugar, sin salir al espacio físico ciudadano: calle, aire libre, parques, restaurantes, bares, teatros, cines, deportivos… Para personas con hijos pequeños, fue un auténtico desafío.

Perrito esperando al dueño
El teletrabajo puede invadir otras áreas de nuestra vida

Esa alteración se agravó por la ausencia de momentos y espacios para estar solos; todo ser humano necesita, al menos de vez en cuando, estar consigo mismo. De modo que una convivencia estrecha y sin paréntesis, sobre todo en casas pequeñas, mermaba aún más la posibilidad de pensar un poco en solitario, organizar la mente, serenarse.

En la sociedad del post-Covid19, que aún no ha sido eliminado, parece que el teletrabajo no será la excepción, sino la norma para millones de personas. Hemos de aprender a hacerlo de modo más sano y sostenible.

¿Qué hacer?

Evidentemente no hay recetas universales. Todo depende de circunstancias, edades, posibilidades…

Pero para un teletrabajo sostenible sería necesario:

  • Ordenar el tiempo, y desde el tiempo priorizar adecuadamente las actividades. Esto supone distribuir la dedicación del modo más adecuado entre trabajo y descanso.
  • Generar espacios adecuados. Ojalá apartados del vaivén de la casa y con luz natural. Limpiarlos también cotidianamente para no terminar en un caos de papeles, tazas, desorden.
  • Armonizar nuestras dedicaciones: pareja, hijos, amigos, ocio, creatividad, cocina, diálogo, juego, entretenimiento, música…
  • Cultivar la interioridad. Es imprescindible mantener esa “ancla” en el propio eje personal para poder afrontar tantas incertidumbres. Las distintas modalidades de meditación, mindfulness, reflexión, oración o simplemente silencio para poder recolocar las piezas del propio puzzle interior.
  • Hacer ejercicio y comer bien. El cuerpo es la sede donde todo ocurre, somos nosotros mismos. Necesitamos cuidarlo, alimentarnos adecuadamente y ejercitarlo al menos un rato al día.
  • Reír. Es imprescindible para mantener la salud mental, y ojalá la risa sea compartida. Descarga energía y nos vincula con las personas cercanas.

Aprovechemos la oportunidad -tan paradójicamente alcanzada- para humanizar nuestro modo de vivir, tanto el trabajo como las relaciones familiares, en esta circunstancia que no buscamos pero puede ser la ocasión de armonizarnos más como personas y como sociedad.

Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga y doctora en comunicación
Madrid, junio 2020

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