Acoger la presencia de Dios

Acoger la presencia de Dios

En tiempo de Navidad los cristianos nos acercamos al misterio de Dios, que quiso establecer su morada entre los hombres. Como creyente, me admira que Dios confíe tanto en la humanidad, que se ponga en sus manos: que no haya querido hacer nada sin nosotros. El inaccesible, el todopoderoso se hace un niño, y va a necesitar de un hombre (José) y de una mujer (María) para sobrevivir, para salir adelante.

También me llama la atención que Dios naciera en un mundo lleno de injusticias, guerras, opresiones y de manifestaciones de desamor. Menos mal que Dios no esperó, para encarnarse, a que el mundo fuera un lugar de paz y alegría, porque seguramente la encarnación no hubiera acontecido nunca. Y aún es más sorprendente que hubiera escogido un pesebre, porque ninguno de nosotros hubiera elegido un lugar así para traer un hijo al mundo. A veces pienso que a José y María les debió costar más entender que Dios aceptara y permitiera todo lo que estaban viviendo, que la falta de acogida de la gente de su tiempo. No era fácil que pudieran entender que todo lo que acontecía era voluntad de Dios.

Navidad

 

 

A Dios no le importa mezclarse con la naturaleza humana; de hecho se hace hombre, para llevar a la humanidad a su plenitud. Dios, para estar, para manifestarse no necesita que seamos de una pureza tal que todo sea inmaculado. Su presencia es la que santifica todas las cosas, incluso el pesebre con todos los animales que en él habitan. Aquella cueva perdida de Belén tiene que ser un referente para todos nosotros, para que seamos menos puritanos y aceptemos con alegría toda la creación. Basta con el sí de un hombre y una mujer, para que Dios pueda hacer estancia entre nosotros. No pide nada más, pero a menudo nosotros nos perdemos en el envoltorio y gastamos el tiempo buscando un alojamiento que nos parezca adecuado a Dios, antes que darle un sí, pleno y sin condiciones.

Tenemos mucho que aprender del Dios de Jesús; le queremos enmendar la tarea como si Él hubiera hecho mal las cosas. Somos demasiado perfeccionistas, y exigimos a Dios que se manifieste en aquellos lugares que nosotros hemos previsto o establecido, como si hubiera sitios indignos de su presencia. Pero Dios nace donde quiere y cualquier lugar le parece adecuado, porque Él conoce mejor que nadie la obra de sus manos. No nos toca a nosotros decidir lo que Dios tiene que hacer, sino acoger su presencia y disfrutar de su amistad. Y hay que ser osado para ir a encontrarlo a un establo, y aún más, para no caer en la tentación de recogerlo y llevarlo a otro lugar que consideramos más digno. Nos toca animar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo para que vayan al “pesebre” a encontrarse con Dios, pues Él ama tanto la creación, que cualquier lugar y persona le parece adecuada para hacerse presente.

Jordi CUSSÓ PORREDÓN
Sacerdote y economista
Barcelona, enero 2021

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