Sin Techo

Sin Techo

Hace unas semanas nos levantamos con la noticia de que, cerca de donde resido, un “sin techo” había muerto en la calle. Parece que los vecinos escucharon algunos gritos, pero nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que ocurrió. Estoy convencido de que esta persona fallecida no me era del todo desconocida, porque estos transeúntes a los vecinos nos son muy familiares. Forman parte del paisaje de nuestra sociedad, los hemos visto y saludado en la puerta de nuestras iglesias, por las calles, en las plazas en las entradas de los supermercados de los pueblos y ciudades. Ellos están ahí, hacen su vida, de vez en cuando nos agobian, porque nos piden dinero o alguna otra cosa, o porque algo pasados ​​de alcohol nos dedican comentarios desagradables. Pero no hay duda de que son personas que tienen derecho a ser atendidas para que puedan desarrollar su vida con dignidad.

                  Tienen derecho a ser atendidos por la sociedad

Ya sé que no es fácil ayudar a los sin techo. Unas veces porque no tenemos los recursos sociales, y otras porque ellos mismos no quieren ser ayudados, o la ayuda que nosotros les ofrecemos, ellos la rechazan. Hay un conflicto de voluntades, la de la sociedad que no quiere verlos en esta situación, y la de ellos que se esfuerzan para que los veamos lo más posible en nuestros barrios. Es necesario exigir a los poderes públicos unas buenas políticas sociales y nosotros como ciudadanía generar unas iniciativas que sean creativas y lo suficientemente valientes, para encontrar soluciones a un problema complejo y delicado.

Lo más importante es que nadie le dé la espalda a esta realidad, que seamos conscientes de que está ahí, y con la crisis económica derivada de la pandemia, su presencia irá en aumento. No vivir de espaldas comporta mirar y afrontar la realidad; intentar conocer a estas personas, cuáles son sus problemas y, en la medida de lo posible, intentar paliar su situación.

No dudo que la presencia de estas personas es un buen aviso para despertar las conciencias un poco dormidas de nuestra sociedad del bienestar. Estoy seguro que si sabemos acercarnos a su realidad, podemos recoger muchas cosas buenas. Cuando he tenido que coger el fruto de algún árbol o de alguna mata llenas de espinas, he salido con arañazos y heridas en la piel. Pero, ello no me ha importado cuando he saboreado el buen gusto de aquel fruto que la naturaleza me regalaba. En la vida también hay hombres y mujeres que cuando te acercas a ellos, tienen espinas y hieren la piel de la convivencia. Es cierto que a veces tenemos una piel excesivamente sensible y, cualquier cosa nos molesta y desagrada. Tendremos que remediar esta hipersensibilidad, para distinguir lo que realmente hiere, de lo que sólo es una pequeña molestia y se cura con un poco de buen humor. Y, aunque a algunas personas la sociedad las pueda ver como unas espinas, eso no ha de ser motivo para que despreciemos el tesoro que tienen en su interior. ¡Cuántas cosas tiene para ofrecer, y que nuestro rechazo imposibilita!

Además, con el tiempo, vamos descubriendo que esas espinas, las ha plantado la misma sociedad, cuando ha hecho sufrir a estas personas situaciones que ellas jamás escogieron ni desearon. Progenitores que no los amaron, situaciones de pobreza, marginación, alcoholismo, y tantas otras que ellos quizá heredaron y ahora nadie les quiere reconocer las cargas que esa herencia comportaba.

Nos toca a todos aceptar y acoger estas espinas, y si nos hieren cuando nos acercarnos a ellos, tenemos que ser humildes, y por justicia, intentar remediar, en la medida de los posible, la vida de estas personas. Porque no hay otra manera de curar el corazón de las personas que viven al margen, que ser compasivos y misericordiosos, es decir tocando su realidad sin escandalizarse y sin miedo a contaminarse. Curiosamente es lo contrario de lo que nos demanda, desde el punto de vista sanitario, la pandemia que estamos padeciendo.

Jordi CUSSÓ PORREDÓN
Sacerdote y economista
Barcelona, marzo de 2021

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