Habitar el tiempo que vivimos

Habitar el tiempo que vivimos

Esta pandemia nos ha confrontado con muchos aspectos de nuestra vida que dábamos por inamovibles, y no lo eran tanto. Se nos ha «movido el tapete», como se dice en México. Muchas cosas han cambiado de dimensión e importancia. Una de ellas es el tiempo. Las dimensiones del tiempo se han alterado; los instantes se han alargado, y los meses se han acortado. Vivimos en una transformación vertiginosa a la vez que una calma chicha dentro de nuestras casas. Pero posiblemente aún no sabemos habitar el tiempo que vivimos. Veamos cómo.

Contemplar y saborear
                                                                                                    Percatarse. Saborear. Agradecer

Percatarse, saborear, agradecer

Habitar el tiempo nos sirve como «ancla» que nos ayuda a equilibrarnos en los vaivenes y llenar de significado nuestros días. Y hemos de comenzar por una decisión fundamental: gustar, saborear y agradecer lo que es el núcleo de la vida: existimos. ¡Pudiendo no haber existido! Estamos vivos. Cada uno de nosotros tal cual es. En el modelo anterior de vida, pasábamos demasiado rápido por las cosas gratas e importantes. Poco a poco es necesario iniciarnos en el camino de la alegría verdadera, paladeando y gustando la vida en sí misma, aunque nos falten aún cosas importantes que anhelamos. Estas cosas, ¡quién lo diría! no llegarán si no pasamos por esta pedagogía. Sin ella, aunque lleguen, probablemente no las veremos o no las sabremos gustar.

Por eso es necesario “percatarnos”. Percatarse es una operación racional: tomar conciencia de uno mismo, “vernos” desde fuera y aceptar ese hecho. Imprescindible para bajar revoluciones. Pero luego ir más allá, paladeando ese momento: “detenerse”, sentir y habitar esa sensación. Permanecer en ella conscientemente. Y agradecerla. La gratitud es una forma muy honda de sabiduría. Uno ‘se percata’ con la razón, ‘saborea’ con el cuerpo, y ‘agradece’ con las entrañas. Por pasos.

  • Primer escalón: te despiertas por la mañana. ¡Vives! No es lo normal: es un milagro. Instalarse un momento en esa conciencia de vivir, respirar. Vives, sin más aditivos ni adjetivos. Y, paladeándolo, lo agradeces y permanece un rato en la gratitud.
  • Segundo escalón: te puedes mover, tienes un espacio grato a tu alrededor, tienes paz y agua caliente, tienes algo de comida en la nevera. Te percatas, saboreas ese café. Y de nuevo: agradeces. Y permaneces en esa gratitud.
  • Tercer escalón: hay personas que te quieren y a las que quieres. Estarán cerca o lejos, pero están. Si las tienes cerca, hazles notar que te importan. Paladea ese hecho y permanece un rato en esa gratitud.

Si vas ‘habitando’ esos momentos de tu existencia, poco a poco se irá transformando de una sucesión de instantes fugaces, en una vida digna de tal nombre. Poco a poco dejarás que surja la alegría de sentirte ser.

Nuevas formas de relación

Justamente respecto a las relaciones humanas, gran parte de la infelicidad que muchos sienten habitualmente, tiene su origen no sólo en la prisa con que pasábamos por los momentos de contacto entre nosotros, sino por algo más constante y que constituye un pasaporte a la infelicidad: el perpetuo deseo de los demás sean de otra manera. Que nos quieran como nosotros deseamos, y no como nos quieren de hecho; y que actúen como pensamos.

Pues un buen antídoto es aquella percatación, saboreo y gratitud que señalábamos arriba. Si nos ejercitamos en ellas, poco a poco nos será más fácil abrazar la vida tal como es ahora. Con lo que nos da ahora. Con lo que cada persona nos aporta ahora. Con lo que recibimos libremente de ellas ahora, ¡que es algo! ¿Es eso todo lo que esperamos? No; muchos quizá deseamos más cariño, mejor expresado y más espontáneo. Pero ese deseo constante de algo más, si nos dejamos invadir, ahoga en nosotros la capacidad de gozar y agradecer lo que sí nos dan, lo que sí recibimos, lo que sí tenemos, lo que sí somos. Hoy.

Unas relaciones humanas sanas y gratificantes suponen que, al menos una de las partes, empiece por aceptar que los demás den por ahora sólo lo que dan. Es quizá todo lo que en este momento pueden dar. Y merecen que el otro lo disfrute sin reproches. ¿Se puede pedir más? Sí, claro. Podemos expresar nuestro deseo/necesidad de más cariño. Pero sabiendo que el amor, o se da libremente, o no es amor. Cuando esas personas se sientan hondamente aceptadas, y palpen que uno agradece y da valor a eso poco o mucho que nos dan, su amor probablemente irá creciendo. Esa aceptación “enamora”.

Por eso decimos que de ese «habitar» el tiempo de manera consciente, resultará una transformación en nuestras relaciones humanas. Dedicaremos más atención de calidad, en la vida cotidiana, a las personas a las que amamos o que nos necesitan, y que quizá en el modelo anterior de existencia trepidante estaban esperando a que les diéramos una migaja de nuestro tiempo. Al estar más sosegados, nos surgirá espontáneamente sorprenderles con una llamada inesperada, una invitación a comer o a compartir una música agradable, una pregunta sobre un tema que mencionaron les preocupaba… Nos será más fácil vivir momentos densos en que, de nuevo, «habitaremos», de manera consciente, el momento compartido con paz y sosiego, alegría, belleza… y que harán felices a esas personas y a nosotros mismos.

Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga y doctora en comunicación
Madrid, abril 2021

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