Encrucijada social

Encrucijada social

Se está configurando un nuevo equilibrio de fuerzas en nuestro planeta. Ya no es entre las izquierdas y derechas de la guerra fría. El corte es transversal y atañe al modo de gestión de la vida en los ámbitos político, religioso, comunicativo y cultural.

En primer lugar, están dos posturas populistas —una con discurso de “izquierdas” y otra de “derechas”—, aparentemente opuestas en sus contenidos, pero idénticas en sus métodos, sistemas de relación social y gestión del poder.

Ambos populismos se caracterizan por una autoridad fuerte y sin opositores, que ofrece a la población una sensación de seguridad. Su tendencia centralizadora minimiza el valor de personas de otras mentalidades, etnias, proveniencias o lenguas, salvo para someterlas. El discurso oficial se desentiende de los datos de las ciencias (post-verdad), y crea un enemigo que cohesiona a la población en torno al líder y a su corte de incondicionales. El denominador común de toda forma de populismo, según Marta Ochman[1], es el rechazo a los mecanismos de la intermediación entre el pueblo y la toma de decisiones, y la restauración del control directo del pueblo sobre la política. Aunque ese supuesto “control del pueblo” lo es de las masas domesticadas por el Estado, cada vez más monolítico.

Esta polarización entre los distintos populismos se abona por una radicalización en la sociedad civil. Millones de personas en sus distintos lugares de interacción, están situándose de maneras cada vez más simples y cerradas en su discurso y su visión del mundo, con un lenguaje, unas categorías de pensamiento, unos héroes y unos villanos perfectamente definidos. Claro, los villanos de unos son los héroes de los otros.

Esas dos visiones opuestas se componen más de eslóganes, frases hechas y emociones, que de posturas pensadas. Por eso las redes sociales son el terreno fértil donde florecen y se difunden, en sus versiones más radicales y simplificadas. Cada una de esas tribus participa y lee sólo lo que le confirma en sus opiniones. No hay debate porque no hay pensamiento.

Eso hace la vida más fácil. Todo es en blanco y negro; alguien decide por los demás, y éstos se descargan de responsabilidades. La ventaja de tener un enemigo bien identificado, malo y rechazable, es que favorece el que la población se sienta víctima buena y justa.

La tercera postura, que llamaremos democrática, se inclina por favorecer una participación más amplia en la sociedad, generar debate, incorporar en lo posible los datos de las ciencias, abrirse a la multiculturalidad y gestionar el pluralismo. Es mucho más laborioso entonces dialogar, negociar, tomar decisiones. La corresponsabilidad —por ejemplo, ante el cambio climático— es mayor, y mucho más necesario el discernimiento en común. El pensamiento requiere tiempo y paciencia.

Las dos primeras son una vuelta atrás en la historia de la convivencia política. La tercera es la forma, hasta ahora, más avanzada de gestionar la sociedad. Pero su supervivencia está en serio riesgo. Para perdurar, debería consolidarse y dar un salto adelante en la madurez de su población, en la pedagogía de la participación, del diálogo, del pensamiento en común. Cada generación requiere ser “cortejada” y educada para que sepa vivir sin un tirano que la someta. Urge, pues, una pedagogía de la democracia y la libertad. Estamos en la encrucijada y hay que tomar conciencia de ello para decidir y ponernos en marcha.

Septiembre de 2021

[1] https://www.esglobal.org/populismo-quien-tiene-la-culpa/

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