El victimismo como pose

El victimismo como pose

Es muy fácil, en nuestro tiempo, alinearse con alguno de los innumerables colectivos que se sienten víctimas de algo. Y si ese «algo» está lejos en el tiempo, mejor: así será más difícil verificar la cuantía del daño y los auténticos responsables del mismo. Con mucha comodidad se puede atribuir la culpa a cualquier sector social del presente, convirtiéndole en heredero de los victimarios del pasado y colocarlos como diana incontestable de los dardos más punzantes.

Son otros los responsables
La pseudo-víctima se descarga de su responsabilidad                                        Imagen: Gert Altmann (Pixabay)

Porque la calidad de víctimas nos da la satisfacción de sentir que esos contemporáneos están en deuda con nosotros, que deben pagar por los padecimientos que nuestros tatarabuelos sufrieron a costa de los suyos, y de paso también por las incomodidades que actualmente vivimos nosotros, sean del tipo que sean. La pose de víctimas nos auto-justifica para todo tipo de exigencias y hasta chantajes hacia quienes hemos etiquetado como «los culpables«.

Además, nos exime de la responsabilidad que todos tenemos sobre el presente: promover relaciones más justas, ser copartícipes en la fatigosa construcción de puentes entre sectores con intereses dispares, mejorar la vida de las auténticas víctimas de la actual violencia, la pobreza, los desastres climáticos que les empujan a emigrar. Son primeramente esas personas las que deberían ser destinatarias de nuestra acción correctora. No los acontecimientos pasados que ya no podemos cambiar.

¿Dónde está la trampa? En que en el fondo, la pseudo-víctima padece una radical inconformidad con la condición humana, que no decide sobre las coordenadas del pasado que dio lugar a su existencia: simplemente es fruto de él. La pseudo-víctima querría tener un pasado inmaculado, y en su disconformidad traslada a otros la responsabilidad de cambiar las cosas del presente. Lo que en psicología se llama «locus de control» (a quién atribuyo la capacidad de gestionar mi vida) se coloca fuera de la persona. Ésta tiene entonces el locus de control externo. No se siente responsable de su presente, sino descarga en «ellos», «los otros», quien sean, el deber de actuar de otro modo para que logre ser feliz. Es evidente la comodidad de esa postura, a la vez que su esterilidad para efectos de cambiar las vidas de los que hoy habitamos el planeta.

La realidad es que las historias entrelazadas, los acontecimientos que sucedieron antes de nuestra existencia, están -como todo lo que es humano-, llenos de contradicciones, con elementos terribles y otros preciosos. Las maravillas del arte y la cultura, los avances del conocimiento,  se entrelazan constantemente con las luchas de poder, enfrentamientos con violencia, sufrimientos de todo tipo. Y de ese magma de encuentros y luchas provenimos todos y cada uno de los que hoy habitamos el planeta.

¡Nadie puede alardear de ser hijo de una historia sin mancha de dolor! Todos somos fruto de hechos luminosos y oscuros, de los que no somos responsables. Nadie tiene mérito o culpa sobre lo que sucedió antes de su existencia. En cambio sí somos en gran parte responsables de lo que hoy sucede a nosotros y a nuestros contemporáneos.

Asumir la condición humana supone aceptar humildemente que somos fruto de una historia contradictoria y dolorosa en gran medida. Y que nuestra responsabilidad es hoy, junto con los demás descendientes de todas las facciones que lucharon en el pasado. Ninguno culpable de esos hechos. Lo mejor es trabajar con ellos codo con codo, solidariamente.

Entonces ¿tiene sentido que personas del presente, como el Papa Francisco o las autoridades australianas, pidan perdón por acontecimientos realizados por responsables de sus instituciones en el pasado? Muchos se preguntan si esto no es contraproducente por alimentar ese falso victimismo que no conduce a nada.

A mi entender, es importante que las actuales instituciones lamenten públicamente acciones destructivas realizadas por sus representantes en el pasado, simplemente para poner de manifiesto que hubo comportamientos entonces que eran incoherentes con los valores que proclamaban. Y esos comportamientos no deben considerarse ejemplares. El avance de la historia permite ver con perspectiva lo que en otras épocas provocó daños y sufrimiento, en nombre de valores que entonces defendían y hoy se siguen defendiendo. Puede y debe corregirse el rumbo de las instituciones, a la luz de lo que vamos descubriendo y repensando. Pero no para alimentar el victimismo, sino para, reconciliados con la condición humana, impulsar la corresponsabilidad de todos sobre el presente y evitar en todo lo posible, nuevas víctimas auténticas.

Leticia SOBERÓN MAINERO
Psicóloga y doctora en comunicación
Madrid, octubre 2021

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