Aprendamos a ser para construir una sociedad nueva

Aprendamos a ser para construir una sociedad nueva

Fotografía: Javier Bustamante

En los debates políticos es frecuente engarzarnos en la defensa de las ideas y de los pesados poderes internacionales y nacionales. Tenemos información de cómo va el mundo, está muy a la mano, aunque no todo. Hacemos combinaciones mentales sobre el peso de la Historia, las ideologías, el precio de los productos brutos y los conflictos que esas combinaciones acarrean en el mundo. Nos explicamos desde la lógica, que pueda haber costos ecológicos, incluso de vidas humanas, asociados a ciertos intereses. Aunque ya no es sostenible la explicación de la guerra, por ejemplo, nos cuesta creer que podemos hacer algo frente a ella. No es que nos parezca bien, de hecho, no es así, sino que en las combinaciones lógicas hay lugar para tales situaciones. Vivimos en un sistema en que hemos llegado a convencernos de que la vida (la del planeta y sus habitantes), el equilibrio, la paz y el bienestar, es inferior y denotadamente despreciable, a los intereses (los obvios y poderosos intereses) “de otros”, sintiéndonos fuera y resignados.

En cambio, es posible una lógica de la vida donde seamos parte de la solución, no del conflicto.

Quizá estamos enredados en una máquina que justificamos y nos cuesta ver y creer que somos parte de un tejido donde nos entrecruzamos y tenemos un rol. ¿Saben la historia de la cría de elefante que es amarrada a una estaca y que cuando crece no la cuestiona?

Durante siglos hemos asistido a un relato de blancos y negros, buenos y malos, ricos y pobres, mujeres y hombres, creyentes y ateos, políticos y apolíticos, izquierdas y derechas… ¡y nos lo hemos creído! Hemos permitido que ese sea el gran relato de nuestro mundo político y hemos dicho AMÉN. Pero no es blanco o negro, sino todo lo contrario es blanco Y negro Y todos los colores Y las sombras, e incluso los vacíos. Somos todo eso junto: buenos y malos y ricos y pobres y felices e infelices y negros y blancos y mestizos y creyentes y ateos y hombres y mujeres y todas las anteriores. ¡Es más!, nada de ello es tan importante como estar siendo, simple y llanamente. Ser: y en eso se juega el día a día. Pero, ¿sabemos ser?

La vida es interacción. Alguien aislado está muerto, no existe. Pero si su corazón late es que hay comunicación, hay movimiento, hay células, organismo, vida. Todos los seres vivos lo son porque están en un sistema y somos un sistema y somos interdependientes. ¿La vida es el sistema o es cada uno de los que lo componen?: ambas cosas, una lleva a la otra en un bello y dinámico juego.

Es fácil de observar en un tejido. En cualquier tejido hecho con hilos, si se deshace un punto se empieza a generar un vacío, un orificio. Es una imagen que todos conocemos. Así es también en las relaciones y en las convivencias. En las sociedades, cada uno de nosotros estamos en red y tenemos “a cargo” uno de los puntos del tejido. Sostenemos en esa coordenada al tejido. Incluso después de la vida, muchas veces, en la memoria, en el amor, el punto sigue vivo, activo. Los seres estamos en red, aunque no nos damos siempre cuenta, incluso sin conciencia de ello. Si no generamos red, si no nos damos cuenta de que somos un punto, no ejercemos el ser. Estamos, es importante, pero no fluimos en el ser o en la red, perdemos oportunidades de co-crear.

Tener conciencia de uno mismo, del lugar que ocupamos en el ser, en la propia existencia, y por supuesto en la red que es la vida, es un trabajo de todos los días. Tan o más importante que estar informado, es el poder de habitar la propia existencia. Es un acto poderoso y político. Ejercerlo requiere toma de conciencia, aprender y desaprender, mucha perseverancia y diálogo. Una herramienta fundamental es hacer silencio, incorporar dinámicas para elaborar nuevos relatos, procesar, decantar y salir de lo binario, maniqueo, “enfrentativo”. No tener miedo al error, al contrario, reconocerlo, evaluarlo y construir algo diferente.

Los relatos binarios, quizá más propios de un tiempo racional, ideologizado, ya no nos sirven, nos llevan a guerras y a destrucción, nos manipulan y lo sabemos, pero caemos en ellos sin darnos cuenta, porque es lo que “sabemos hacer”. Por eso hay que buscar el equilibrio, retirarse, dejar espacio para el centro. Algunos hablan de sistemas patriarcales, de lógicas de poder y de resistencia, sirven, pero en la queja, en la protesta, se repite una y otra vez el mismo relato de dos (buenos, malos, víctimas, victimarios, pobres, ricos…). Cambiar el relato político es lento, pero es posible. ¡Qué importante es empezar por uno! De dentro hacia afuera. Implica toma de conciencia y empezar a observar pequeñas cosas que cambiar: algunas seguridades, algunos comportamientos. Tener paciencia y desaprender aquello que nos daña y divide. ¿De qué soy capaz de alegrarme, dar gracias, bendecir, sorprenderme?: por ahí empezar.

La lógica de la protesta forma parte del mismo relato binario, los cambios profundos se construyen desde el interior. Apostar por proyectos cercanos, escuchar, ganar confianzas. Es posible cambiar la mirada y dar espacio a relatos más positivos, sistémicos y nutritivos. A reutilizar antes de comprar, a reciclar antes de comprar, a restaurar antes de comprar, a cultivar antes de comprar. Pasar de los hitos a los relatos.

Comprendernos y resolver pacíficamente, requiere mayor inteligencia y fortaleza que lanzar un misil.

La humanidad está en un momento crucial muy delicado en que es hora de dar mayor protagonismo al paradigma sistémico, no polar, no binario. ¿Cómo generar relaciones en que nos comprendamos en construcción, tejiendo relatos y generando sentido? Hay que buscar y saber mirar en las prácticas comunitarias, ¡lo hemos hecho siempre, pero no está en la narrativa política o no lo valoramos tanto!, es silencioso. Todas las familias, cada comunidad, cada vez que ha logrado sostener las diferencias, explicarse, reconstruirse, perdonarse y ayudarse, también enterrar y poner distancia cuando es necesario, ha construido sentido de la vida, aún en la desgracia, lo ha hecho. La felicidad, cuenta con la suma de pequeños momentos.

Los nuevos relatos se consolidan en los aprendizajes. Aprendemos cuando algo nos hace sentido, cuando nos sirve. Gritar y protestar sirve, pero en etapas anteriores a generar narrativas nuevas. Después de hacer silencio, escuchar, meditar, orar, agradecer, perdonar, morir, enterrar y resucitar vemos nuevos sentidos y oportunidades y el otro ya es otro, no un enemigo del que huir, al que vencer o destruir.

Elisabet JUANOLA SORIA
Periodista. Magister en gestión educativa
Santiago de Chile
Julio de 2022

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